El Novo, un nuevo término que resuena en la palestra pública, es la última invención de aquellos que buscan reempacar viejas ideologías en papel reluciente. ¿Quién está detrás? Un grupo de jóvenes influyentes que se autoproclaman como la voz del futuro. ¿Qué es? Una amalgama de ideas superficiales vestida de modernidad, con una pintoresca fachada de cambio social progresivo. La pregunta es, ¿cuándo se volvió tan popular? En el último par de años, ya que estos ideólogos encontraron un eco simpático en las redes sociales y en medios ávidos de nuevas tendencias. ¿Dónde? En universidades y plataformas digitales donde lo novedoso, por absurdo que sea, encuentra terreno fértil. ¿Por qué? Porque en una sociedad que confunde complejidad con profundidad, cualquier consigna que brille lo suficiente atrae como un imán.
Pongamos las cartas sobre la mesa. El Novo no es más que un abrigo nuevo para ideologías anticuadas, elocuencias vacías disfrazadas de genios modernos. Su auge ha sido alimentado por mentes que ansían desesperadamente reconocimiento y validación. Como ha ocurrido tantas veces a través de la historia, se presenta como la solución, olvidando a propósito los problemas que genera en el camino. ¿Qué consigue? Crear más división y resistencia insertándose en nichos ya polarizados.
Una característica fundamental de El Novo es la reinterpretación de la historia y la cultura. Nada es sacrosanto, todo está a merced de reinterpretaciones infinitas. Se nos invita a ver con un nuevo prisma las virtudes y logros pasados, sin recordar que sin raíz, el árbol muere. Esta manera de reescribir los hechos se convierte en un ejercicio de simulación, donde la realidad es ajustada al antojo de quien maneja la narrativa. La historia nunca había sido tan manipulable.
Se agita bajo la bandera del progreso pero el progreso verdadero se construye sobre fundamentos sólidos, no sobre arena movediza. Promueve una visión utópica donde cada quien es dueño de su verdad, sin importar el consenso real o el respeto a la diferencia legítima. Es un fenómeno que rápidamente navega en aguas del idealismo impráctico y del populismo intelectual.
El Novo invita a una especie de purga de pensamiento. Se disfraza de inclusión pero establece una exclusión tácita: sólo tienes voz si recitas el mismo sonsonete, si te conviertes en una pieza más de una maquinaria de conformismo revoltoso. En su esencia, termina siendo un culto moderno, ordenando la adhesión a un jefe invisible y difuso, pero poderoso.
No olvidemos que, a través de estas estrategias ensalzadas por medios y académicos pseudoprofundos, se apropian de luchas legítimas y las distorsionan. Se encadenan sus intenciones a plataformas digitales, apoyándose en algoritmos que priorizan el fervor sobre la razón, invitando a una especie de catarsis colectiva que parece estar por encima de un entendimiento racional.
La globalización de El Novo tiene un impacto que no debe subestimarse. En un mundo conectado, donde las fronteras son más digitales que físicas, sus ecos resuenan más allá de entornos inmediatos y se dispersan sin el conocimiento completo de sus consecuencias. En su afán de presentarse como la solución global para todos los problemas, ignora realidades históricas y contextos únicos de cada región y cultura.
Lo irónico es que el Nuevo Mundo que supuestamente busca instaurar parece asombrosamente similar a lo que critica. Predica la desconstrucción del sistema vigente mientras adopta sin remedio las prácticas que dice repudiar. En lugar de fomentar un ambiente para el libre pensamiento y la diversidad de opiniones, crea un campo fértil para la demagogia moderna, para la imposición de unos pocos.
Sería entonces prudente recordar al lector que el verdadero cambio no se anuncia con espectáculos ni se proclama con altavoces. Se siente y se vive en el día a día, en las pequeñas acciones que realmente transforman. El Novo, como tantos otros movimientos antes, será desafiado por su falta de sustancia en los hechos.
La historia nos recuerda que las modas vienen y van, pero la verdad tiene una tenaz y terquedad calidad de persisitir. No podemos permitir que el ruido de lo efímero, por muy "novo" que sea, nos distraiga de lo fundamental: el análisis crítico y la búsqueda constante de la verdad objetiva.