Siempre hay alguien que saca lo peor de nosotros con una simple palabra, y aquí tenemos un caso asombroso de eso. "El Niño Que Gritaba Perra" es un relato de la escritora y poeta mexicana Yazmín Ross, publicado en junio de 2019 en el libro "Hecho en Veracruz". Esta historia se sitúa en un pequeño pueblo en Veracruz, México, donde un joven rompe con las expectativas sociales al pronunciar una sola palabra: "perra". Pero no nos equivoquemos. Este no es un simple cuento para echar a rodar los ojos. Vamos directo al grano: esta historia impacta, provoca y, para muchos, ofende. Pero lo más interesante aquí, es por qué nos ofende.
En este pueblo costero, el joven llamado Iván, harto de las limitaciones y del ambiente conservador que le rodea, se aferra a este término para desafiar. ¿Su blanco? La hipocresía de los adultos, las restricciones de la sociedad, y todos esos juzgadores que se creen superiores por seguir el statu quo sin cuestionarlo ni un momento. Aquí se empieza a gestar una crítica no sólo social, sino ideológica; una crítica que podría derribar más muros de pensamiento de los que muchos desean reconocer.
Pero, ¿por qué esta detallada crítica resuena tan profundamente? Porque desafía, sin rodeos, el buenismo y la complacencia de una sociedad más interesada en parecer que en ser. Encontramos en este provocador relato una forma de hablar directamente a una realidad incómoda que muchos prefieren ignorar. La verdad, aunque a veces brusca, se refleja en la respuesta visceral que trae consigo. La nobleza de "El Niño Que Gritaba Perra" es que no se conforma con lo superficial, va directo al corazón del problema.
Como una pintura de la vida regional y, quizás, global, el personaje desafía las normas con un simple grito. En nuestra cultura hiper-sensible, los que levantan la voz son rápidos en ser silenciados. Esta historia ilustra una forma de rebelión que, accidentalmente o no, podría resonar con aquellos que están hartos del abuso de lo políticamente correcto.
Este cuento, querido lector, es un ataque frontal a los valores falsos que han sido promovidos como el estándar. Aquí se nos muestra algo raro en el mundo de las bellas artes; una verdad incómoda e inapelable. La obra de Ross reafirma que a veces es necesario balbucear una palabrota para que los que están sordos al razonamiento escuchen lo que de verdad se quiere decir.
¿Y qué hay de este grito? Bueno, es más que una palabra. Es un símbolo de la impotencia y el deseo de un joven de hacer algo más que simplemente seguir las reglas. ¿Y qué más esperas en una sociedad que halaga la mediocridad pero calla la genialidad con gestos de desaprobación? Ross, en cierto modo, lleva esto a un extremo, obligándonos a confrontar el reflejo de nuestras propias inseguridades y sentido de justicia.
Para aquellos que valoran la belleza del libre pensamiento, "El Niño Que Gritaba Perra" es preciso, to the point, y no anda con rodeos. La historia no es sólo una especie de manifiesto generacional, es la llamada de atención que necesitamos en tiempos de excesiva fragilidad intelectual. En un mundo que se ofende a la mínima, hay que preguntarse si la verdadera ofensa es realmente lo que alguien dice, o es más bien lo que calla.
Si algo me queda claro de este provocativo relato, es que no se derrota a aquellos que gritan desde el alma. Aquel que sabe lo que dice, lo afirma, lo grita, aunque sea con una palabra que la sociedad no quiere escuchar. Y ahí está la ironía. En un mundo donde predican abiertas conversaciones pero sólo entre aquellos que piensan igual, historias como las de Ross no son sólo necesarias, son cruciales.