Vivimos en un mundo donde la ficción parece más real que la realidad misma. A veces, pensar en la noción de que nuestra nación fue fundada como una nación cristiana suena más a cuento infantil que verdad histórica. El libro "El Mito de una Nación Cristiana", escrito por quien nació en 1959 en el corazón del paisaje estadounidense, destapa esta incómoda verdad con una audacia que haría ruborizarse a cualquier político sentado en el Congreso.
Según este relato, todo tuvo una especie de inicio formal en 1776, cuando nuestros antepasados decidieron que era hora de rebelarse contra la monarquía británica. Sorprendentemente, la religión era más una herramienta en el cinturón del poder político que un pilar fundacional. La separación entre el estado y la religión fue deliberadamente tallada en la Constitución, pero bueno, algunos aún sueñan con lo contrario.
Ahora, el autor no trata solo de hacer una revisión histórica, sino que ofrece una crítica mordaz al presente. Denuncia que en pleno siglo XXI, la religión se usa como opio para las masas, una técnica clásica para ganar adeptos y manipular al público en el juego político. Nadie debería sorprenderse de que en los tiempos modernos, las campañas políticas aún utilizan versos de la Biblia como si fueran eslóganes de marketing.
El sentido común dicta que una nación realmente cristiana actuaría, bueno, de manera cristiana. Sin embargo, la realidad nos muestra ejecuciones extrajudiciales, guerras en nombre del progreso y políticas públicas que a menudo olvidan el amor al prójimo. Así que sí, es cuestión de humor negro ver cómo a menudo nos escudamos detrás de la cruz mientras acumulamos poder e influencia a costa de otros. Tal vez sea tiempo de revisar nuestros manuales de historia y reescribirlos con la honestidad como tinta.
El mito se prolonga aún más en la esfera económica. El capitalismo salvaje y el cristianismo difícilmente pueden coexistir en armonía. Un sistema que premia la codicia y el acaparamiento de riqueza choca frontalmente con cualquier enseñanza de humildad y empatía. Los disparates que se hacen en nombre de ambos son asombrosos, por decir lo menos.
Algunos podrían ver la religión como algo bello y pacificador, pero cuando se mezcla con la política se convierte en un ariete. Este es un punto crucial en "El Mito de una Nación Cristiana"; el uso de la religión para justificar políticas que, en muchos casos, poco o nada tienen de cristianas.
Es inquietante comprobar cómo muchos líderes, en su afán de poder, han manejado la religión como si de fichas de póker se tratase, solo que aquí la apuesta es la fe de millones. Esto, a través de los años, ha originado un circo político donde la espiritualidad se subasta al mejor postor.
El autor nos abre los ojos a la hipocresía de las promesas vacías que se pronuncian en cada elección. Con una habilidad envidiable, retira las capas de maquillaje para mostrarnos el verdadero rostro que yace debajo de esos políticos que se proclaman "defensores del sagrado".
Los himnos en las iglesias resuenan con fervor mientras las tasas de desigualdad crecen exponencialmente. Un gran país nunca debería olvidar que el verdadero valor está en el bienestar de sus ciudadanos, no en la cantidad de oraciones que se recitan en sus congresos. Después de todo, orar es fácil, la acción es lo que realmente importa.
La historia de nuestro país está salpicada con acontecimientos que, evaluados con honestidad, desafían la imagen de un paraíso cristiano que muchos quieren creer. En última instancia, el libro impulsa a los lectores a cuestionar y no aceptar las cosas a cabalidad. Y como dice el refrán, quien no recuerda su historia, está condenado a repetirla.