Si creías que la comedia actual tiende a ser pura corrección política, estás a punto de recibir una dosis de realidad. "El Humor en el Que Estoy", una serie estrenada en 2019 que recorre ciudades de España como Barcelona y Madrid, bajo la dirección de Diana López Varela, se ha convertido en un fiel reflejo de cómo el humor puede ser una herramienta tanto de crítica como de reafirmación de ideales en el espectro político. Pero, vamos, no nos engañemos, el humor actual a menudo se siente como caminar en una cuerda floja donde la mínima broma puede despertar una horda de críticas.
Las influencias que han moldeado el humor contemporáneo parecen haber nacido de una sala de experimentos de lo políticamente correcto. Esto se pudo ver claramente en la serie de Varela, donde cada gag parecía pasar por un chequeo de aprobación ideológica antes de llegar a la pantalla. ¿La razón? Satisfacer a una audiencia que se preocupa más por los sentimientos que por la objetividad. Si el humor es un reflejo de la sociedad, entonces, ¿qué nos dice el humor actual de nuestra cultura? Que estamos dispuestos a reírnos solo de lo que no nos hace pensar demasiado o molestar al prójimo.
El genio de "El Humor en el Que Estoy" es que encapsula el choque entre la provocación y lo seguro. Las líneas trazadas entre lo que es percibido como peligroso y lo que se considera aceptable ensombrecen cualquier intento de escape. A medida que el mundo se vuelca hacia ideologías más flexibles, la libertad de expresión en la comedia parece encadenarse a ideologías dominantes.
Parte del encanto de esta serie es que intenta balancearse entre el humor "libre de pecado" y el que sutilmente quiere dar una bofetada a lo que algunos consideran ideas oxidadas. Pero el resultado a veces termina siendo un chiste desinflado que huye de cualquier controversia. En otras palabras, un chiste que quiere ser valiente, pero que se queda atrapado entre una cortina de humo.
La ironía de todo este asunto es que, mientras el humor intenta esquivar susceptibilidades, la susceptibilidad misma se convierte en el blanco perfecto para aquellos pocos osados en el escenario. ¿No sería más constructivo que el humor abriera el debate sin encerrarse en las jaulas de lo correcto? Varela nos deja entender que sí, pero entrega un producto que duda en dar el paso decisivo.
La serie se enfrenta a temas de desigualdad, género e incluso la identidad individual. Sin embargo, es evidente que existe una especie de autocensura que guía cada episodio, además del reflejo de una sociedad que se ha acostumbrado a vivir bajo un manto de seda en lugar de enfrentar las asperezas del humor afilado. Así, se nos presenta un contraste entre lo que se podría decir y lo que finalmente se dice, porque detenerse a pensar en las posibles reacciones se vuelve más importante que el chiste mismo.
En un momento de la serie, cuando los personajes intentan explorar la idea de conversión humorística, llevan al espectador a un lugar que parece querer marcar la diferencia, pero el temor a cruzar límites invisibles detiene cualquier progreso. Lo convierten en un acto más de teatro que de comedia pura, donde las risas a veces se sienten traídas por obligación en lugar de por convicción.
No debemos olvidar que el humor, en su esencia, es opinión disfrazada de chiste. Y cuando esa opinión se apaga por miedo a causar molestias, se pierde algo valioso: la posibilidad de llevar al público a cuestionar con qué está riendo y por qué lo hace. El humor debe provocar reflexión y, si es posible, un cambio de perspectiva, pero sólo si se atreve a nadar en aguas más profundas que las de un mar de superficialidades.
El encanto inmutable del humor es su capacidad para desafiar lo establecido. Por tanto, "El Humor en el Que Estoy" podría ser un fenómeno notable si decidiese arriesgarse más allá de los bordes diseñados para ofender a nadie. Quizás, en un futuro, se haga eco de las voces valientes que no temen señalar lo absurdo de lo evidente.
A medida que nos adentramos en un mundo donde el humor sigue buscando su identidad en medio de batallas culturales, "El Humor en el Que Estoy" podría ser ese refugio donde la comedia podría prosperar si se convierte en más que un manual de instrucciones sobre lo que no debe decirse.