¡Quién diría que una película de 1927 podría levantar tanta polvareda entre los que aman el cine clásico y el conservadurismo! El Diablo y el Smalander es una joya cinematográfica que nos transporta a una época donde los valores y las narrativas eran mucho más simples, pero eficaces. Estrenada en un París en auge, esta película alemana dirigida por el visionario Fritz Lang nos ofrece una cautivadora historia de intriga y moralidad que todavía logra provocar reacciones viscerales de quienes no comulgan con los valores tradicionales, es decir, los progresistas de hoy. La película toma lugar en una fábrica ficticia llamada ‘Smalander’, gestionada por un propietario despiadado a quien apodaron 'El Diablo'. Este símbolo clásico del mal pone a prueba la moralidad y la ética de los trabajadores dentro de la planta.
La narrativa de El Diablo y el Smalander es, indudablemente, un retrato de la lucha entre lo bueno y lo malo, una batalla épica donde la figura del Diablo avisa del peligro de abandonar los valores tradicionales. Así, con su potente narrativa, esta obra nos presenta—de manera nada sutil—la dicotomía entre lo moralmente correcto y lo incorrecto. Y, vaya, ¿a quién le importan ya los grises cuando se tiene una historia tan categóricamente clara?
Aunque décadas nos separan de su estreno, las lecciones de El Diablo y el Smalander no pierden relevancia. Este film viejo, pero no anticuado, ofrece una verdadera oda a las antiguas prácticas laborales donde la ética de trabajo era el parámetro fundamental. Ciertos liberales pueden ver en esta película una reliquia obsoleta, una pieza de museo que promueve una narrativa unilateral. Para el cinéfilo consciente, sin embargo, es una representación franca de la integridad personal frente a las adversidades.
Lo más intrigante es el tratamiento que Lang da a sus protagonistas, quienes representan el espectro de emociones humanas y las contradicciones del corazón humano mientras sobreviven bajo el yugo del Diablo. Con su magistral dirección, Lang construye una matriz de acciones y reacciones que logran captar la atención del espectador moderno como lo hizo con la audiencia de hace un siglo.
Dicho esto, se destaca opción de Lang de presentar una instancia de redención ética. Uno de los trabajadores de la fábrica, quien al principio se ve cegado por la avaricia y el engaño, halla en el clímax del film un destello de redención que genera una mayor reflexión entre ética y pecado, un momento decisivo que muchos pueden considerar el eje moral de la película. Es una advertencia lega: cuidado con lo que aceptas en tu corazón.
Es fascinante notar cómo las bases del cine clásico — fuertemente asentado en narrativas inquebrantables e ironías dramáticas — pueden resultar un espejo para la situación actual. Contra la frivolidad y banalidad que abunda en muchas de las producciones modernas, El Diablo y el Smalander nos invita a volvernos a fórmulas y valores que, aunque pasadas de moda para algunos, nutren y calan más hondo que cualquier CGI o efecto especial de última generación.
Es más, Lang no tuvo reparos en utilizar su arte para hablar de cuestiones que bien podrían ser motivo de encarnizados debates actuales. La obra aborda, por ejemplo, la idea de una jerarquía natural y merecida dentro del marco laboral, una idea que resulta por momentos incómoda para algunos. Un planteamiento con el cual, seamos honestos, mucha gente de sentido común simpatiza.
Hoy día, pocas películas se atrévan a recorrer este camino con el mismo vigor y sin ambigüedades. Sería todo un reto encontrar una producción actual que reúna el coraje de El Diablo y el Smalander al tratar con temas espinosos, sin dejar de lado su valor de entretenimiento. Tal osadía no es para menospreciar.
Al final, el largometraje aborda con maestría el eterno debate entre lo justo y lo correcto, el bien y el mal, y ciertamente da mucho de qué hablar si uno sabe mirar más allá de lo obvio. Recomendable para quienes saben disfrutar de una trama que no necesita disculpas ni ediciones para complacer sensibilidades modernas. No cabe la menor duda de que es un testimonio robusto sobre la importancia de mantener firmes prácticas y valores probados.
Quizás es momento de que más personas revisiten este clásico del cine mudo y hagan un juicio justo sobre los valores que realmente importan. El encanto desvergonzado de El Diablo y el Smalander sigue vivo, y seduce a los espectadores a encarar, sin temor alguno, la realidad consabida de que, a veces, el blanco y el negro son los únicos tonos que necesitamos reconocer.