Alguna vez te has preguntado por qué ciertos medios de música parecen siempre inclinados hacia la misma aburrida corriente? Pues déjame presentarte a El Cohete, una revista de música que nació para desafiar el statu quo del mundo musicólogo latinoamericano. Fundada en México en el año 1971, El Cohete emergió en un periodo donde la música no solo entretuvo, sino que también transformó sociedades. Y claro, sería demasiado ingenuo no afirmar que en medio de todo esto, El Cohete se propuso hacer mucho más que solo rockear el bote; su objetivo era hacerlo volar por los aires.
El contexto histórico de El Cohete es digno de todo un manifiesto. En un México que recién había atravesado el polvorín social del 1968, quedaba claro que había una herida abierta que solo podía cerrarse a través del arte. El Cohete se convirtió, sin pedir permiso, en un instrumento de cambio y un espacio donde las voces de miles podían encontrar resonancia en un momento donde el grito parecía ser el único medio efectivo para ser escuchado. Está claro que, a diferencia de otros, la revista no se conformaba con simplemente seguir la corriente; estaba destinada a marcar un nuevo compás.
Hablemos del qué de El Cohete. Desde sus primeras ediciones, la revista integró un enfoque único: redacción cruda, sin censura y feroz en comunicar esos mensajes que la sociedad necesitaba, pero temía discutir. Echó abajo el muro cómodo de la complacencia con titulares agresivos y análisis incisivos de música que desafiaban la norma. Lo que propuso y logró fue abrir una ventana al panorama musical latinoamericano lleno de contrastes, colores y sabores únicos, huyendo de las presiones del mainstream y una cultura complaciente controlada por intereses corporativos.
Al contrario de lo que el lector promedio podría pensar, El Cohete no actuaba aisladamente. En el marco de su publicación, ocurrió toda una conexión entre varias revistas independientes que perseguían objetivos similares en toda América Latina. Esta red significaba un juego político más amplio, capaz de mover al menos un poco las posibilidades de emancipación cultural y crítica ante regímenes políticos opresivos. La música, un medio potente y emotivo, se convertía en el vehículo ideal para sembrar el espíritu crítico entre generaciones jóvenes.
Quizás el por qué de su impacto y trascendencia se centre en su contenido. No solo escribía sobre música, sino que lo hacía de manera que reflejaba y amplificaba los efectos socio-políticos de esas melodías. La tarea esencial, que a menudo es olvidada por una masa cegada por la superficie, era dar la importancia debida a la música como un arte que no solo entretiene sino transforma. Ya no era solo cuestión de guitarras y ritmos, era una cuestión de conciencia, de desafío y de peso cultural.
En esos años fundacionales, figuras históricas de la música interactuaban con la revista. Llegaron a tener una sinergia ideal entre el arte y la crítica. Iconos como Carlos Santana, o bandas emblemáticas como Tendida Nube, encontraron en la plataforma de El Cohete el trampolín perfecto para transmitir no solo su talento, sino también su resistencia frente a las corrientes controladoras.