¿Quién hubiera dicho que una película del viejo oeste podría levantar tantas ampollas entre aquellos que se desgarran las vestiduras al primer signo de patriotismo? En 1958, bajo la dirección de John Farrow, "El Californiano" se estrenó, protagonizada por un robusto y carismático Jock Mahoney. La trama, sencilla pero contundente, se ambienta en la California del siglo XIX, una época y lugar donde la masculinidad no era un crimen, y el acaparamiento de oportunidades no iba de la mano de una acción ilegal o moralmente cuestionable, sino del esfuerzo y el arrojo personal. ¿Por qué es esto relevante hoy? Pues porque, queramos o no, el cine es un espejo de los tiempos, una suerte de ventana que nos permite no solo asomarnos al pasado, sino también reflejarnos en esos valores que parecen tan alejados de las preocupaciones actuales.
Imaginería y Simplicidad: Al primer plano ya no nos encontramos con paisajes CGI sino con auténticas locaciones naturales. Lejos de los efectos especiales que distraen, “El Californiano” nos transporta a una California salvaje, indómita y maja. Es hora de reconocer que la tecnología digital tiene sus límites; a veces, menos es más.
Narrativa Directa: La historia se centra en la vida ruda del viejo oeste, donde el hombre tenía una misión clara y una brújula moral que, para bien o para mal, lo guiaba en sus acciones. La ausencia de monólogos políticos y dilemas éticos interminables hace del guion una brisa fresca para quienes prefieren las historias directas y de acción por encima de los debates eternos sobre ideologías de género.
Protagonistas Firmes: Jock Mahoney no era ambiguo ni ambivalente; era un héroe que el espectador podía imitar. Hombres reales con aspiraciones de libertad y seguridad, sin ser criticados por sus deseos de influir en su entorno.
Contexto Histórico: La película nos recuerda un período de expansión y oportunidades, no de victimización y dependencias. No es una sorpresa que estos conceptos incomoden a quienes ven el pasado solo como una serie de opresiones.
Autenticidad Cultural: ¡Ah! La polémica cuestión cultural. “El Californiano” retrata a personajes de diferentes orígenes sin el habitual sesgo culpabilizador que caracteriza muchas producciones modernas. Los personajes hispánicos, indígenas y anglos no son presentados como estereotipos, sino como figuras auténticamente vistas en la época, con sus luchas y su integración inevitable.
Romance y Realismo: Aquí las relaciones se construyen sobre el respeto y el valor, no sobre teorías deconstruccionistas del amor y la pareja. Un romance no necesita subvertir todos los clichés ni destruir la idea de familia tradicional para ser interesante.
Ética del Pull of the Bootstraps: El nudo central de la historia gira en torno a la superación personal, pero con una dosis de realismo: cada acción tiene sus consecuencias, y cada oportunidad perdida es una lección aprendida. No hay espacio aquí para lamentos justificantes ni escurrir el bulto.
Apreciación por el Oeste: No todo es sacar petróleo del suelo y tiro al blanco. Se transmite un respeto genuino por el paisaje agreste, una conexión perdida que invita a valorar lo que a menudo se pasa por alto por culpa de la plaga del urbanismo frenético.
Vestuario y Detalles: La producción se esmeró en ofrecer un retrato visual fidedigno de la época, de manera que el espectador pueda casi oler el cuero y la pólvora impregnando la pantalla. Se honra la estética sin frivolidad ni caricaturas absurdas.
La Ausencia de Correctismo Político: Quizá el elemento más escandaloso. "El Californiano" se centra en contar una buena historia y no en llenar agendas. Un recordatorio de que las buenas historias son atemporales y merecen ser apreciadas sin estar sometidas al veredicto de lo políticamente correcto.
"El Californiano" es, sin duda, una película que merece ser revisitada, no solo por lo que nos cuenta de su tiempo, sino también como un faro de lo que, inevitablemente, nos hemos dejado arrastrar. El cine, tras todo, es una celebración de lo que fuimos, lo que somos y lo que, esperemos, algún día volvamos a ser.