Jimmie Johnson, el renombrado piloto de NASCAR, es algo así como un fenómeno. No solo atraviesa la pista a velocidades descomunales, sino que también ha hecho del lema "anything with an engine" (cualquier cosa con un motor) una filosofía personal distintiva, algo que podría poner nerviosos a aquellos con inclinaciones más liberales que temen la emoción pura y el rugir del motor. Pero, sinceramente, ¿quién necesita preocuparse por las sensibilidades del 'progreso' cuando se está surcando la pista a 200 millas por hora?
¿Qué es lo que hace que 'Anything with an Engine' de Johnson realmente reviente con tanto poder? Primero que todo, Johnson no reserva su amor por las carreras solo a los autos reeferentes que todos conocemos. Desde su infancia en El Cajon, California, quedó fascinado por cualquier cosa que pudiera pisar el acelerador. Desde motocicletas hasta karts, si tiene un motor, es un objeto de pasión para él. Comenzando desde pequeño hasta convertirse en un titán de NASCAR, ha demostrado que las ruedas no giran solo por combustible, sino por una inquebrantable voluntad de vencer.
Algunos pueden preguntarse por qué alguien como Johnson genera tanta fascinación. Bien, para empezar, este tipo de filosofía de "todo cabe, todo vale" no es solo una muestra de versatilidad, es una afirmación de libertad. En un mundo donde muchos buscan limitar las expresiones de velocidad y poder a través de más regulaciones y menos emisiones, aquí viene Johnson con su declaración de amor a los motores de combustión interna. Es un impulso puro que va más allá del ruido del motor; es una declaración política que, vaya, hace vibrar los corazones de aquellos que creen en el derecho inalienable a la velocidad.
El leitmotiv de Johnson no se queda en la pista; lo lleva a cada aspecto de su vida. Fundador de una organización que defiende a los conductores, emprendedor y quizás lo más importante, un devoto de la familia. A diferencia de muchas figuras públicas, su dedicación a los suyos y su habilidad para balancear trabajo y familia, retornan al tipo de valores que muchos extrañan en una sociedad que a menudo idolatra lo frívolo. Este aspecto de Johnson simplemente sublima su figura, siendo un ejemplo del sueño 'americano' donde con esfuerzo y dedicación uno puede tenerlo todo.
La férrea pasión de Johnson por los motores no se limita a la velocidad. Se apunta a ocasiones más locales donde su amor por las máquinas lo impulsa a restaurar y cuidar vehículos que algunos considerarían, simplemente, como reliquias del pasado, en una época donde la novedad es lo único que importa. Pero Johnson no tiene nada de nostálgico; su restauración es un acto de rebeldía contra el consumismo desenfrenado. Es una celebración de lo duradero, de los carros que cuentan una historia, de las curvas y los rugidos que no esperan ser comprendidos por quienes piden silencios eléctricos.
Johnson, hasta en su tiempo fuera de las pistas, defiende el estilo de vida a motor. Algo tan simple como participar en carreras locales, apoyar eventos de caridad con encuentros automovilísticos, o ser parte de seminarios y charlas donde distribuye su experiencia a las futuras generaciones, es prueba suficiente de su legado que va más allá de ser un mero piloto. Se convierte en un mentor que inspira a otros a abrazar lo mecánico con la misma intensidad.
La pregunta del millón es, ¿por qué tratamos nosotros, los conservadores, de seguir sus pasos? La respuesta es sencilla: la libertad. Johnson simboliza la libertad de significado más puro, la capacidad de escoger lo que despierta nuestro interior, lo que hace que nuestras almas ardan por el simple gozo del poder, la velocidad y la mecánica. En un mundo donde otros prefieren regulaciones estrictas y caminos pavimentados con restricciones, el espíritu indomable de "Anything with an Engine" de Johnson sigue marcado en su legado, largo después de que las carreras terminen. Porque para el ardiente amante del motorsport, el rugir del motor nunca callará.