Edward Savage es un nombre que muchos artistas contemporáneos desean mantener en el pasado, pero ¿por qué? Savage, quien vivió entre 1761 y 1817, fue un retratista y grabador estadounidense que dejó su huella en la escena artística de los Estados Unidos de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Desde Nueva Inglaterra, Savage desafió las convenciones al glorificar a los padres fundadores sin apenas un ápice de ironía o crítica, algo que actualmente haría girar los ojos a una buena parte de la audiencia moderna. Sin duda, Savage pintando a George Washington sin mostrarlo como un monstruo ni un santo, es algo que cualquier revisionista histórico debiera considerar.
Hubo un momento en que el Grado Federal de la nueva república estadounidense encontró en Savage un testigo perfecto. Como autodidacta, Savage representa el epítome del sueño americano: alguien que, a pesar de no haber recibido educación formal en las bellas artes, logró capturar el espíritu de su época con una honestidad inquebrantable. Tomen, por ejemplo, su obra maestra "The Washington Family", un retrato que muestra al primer presidente de Estados Unidos junto a su familia sin pomposidad, sin alardes innecesarios, simplemente reflejando la humanidad de la escena. ¿Qué dirían los críticos modernos de esto? Que no supo elevar el tema a una dimensión más crítica. Argumentarían que se trata de un trabajo simplista, pero esos comentarios hablan más de los críticos que de la obra en sí. Savage simplemente narra una historia tal como es, dejando la trama de héroes y villanos para los narradores políticos del futuro.
Savage pasó su vida en ciudades como Filadelfia y Nueva York, donde no solo pintó, sino que también se encargó de diseñar proyectos arquitectónicos y escénicos, demostrando una versatilidad que suele quedar fuera del radar de aquellos que solo buscan una única narrativa para definir a una figura histórica. Pero, ¿podrán ignorar esto eternamente? Los registros escénicos de su tiempo también llevaban la precisión de un hombre que sabía cómo contar lo que estaba viendo. Inventó, si se puede decir, el equivalente del siglo XVIII de la fotografía documental.
Lo que hace especial a Savage es su capacidad para ver a los rostros más célebres de su tiempo, así como a las escenas más ordinarias, con un ojo igualitario. Los radicales van a querer enterrar estos pequeños detalles que ofrecen un panorama más amplio y generoso de lo que realmente fue América. Sí, queridos lectores, que Savage ignorara las tensiones económicas y raciales de su tiempo en sus grabados y obras no le hace ignorante. Ciertamente, este artista puede ver el valor de documentar la otra faceta de la historia, la que a menudo, en cualquier discusión matizada, se ignora por ser simplemente incómoda.
Edward Savage personifica muchas de las cualidades que hoy día se pierden: la capacidad de apreciar y dignificar la tradición sin la tentación de la ironía posmoderna. Puede que no esté en la primera línea de los icónos reconsiderados por los centros modernos de conversación cultural, pero su trabajo es evidencia suficiente de que las narrativas de una época, cuando se observan despejadas del juicio de los observadores modernos, pueden hablar de una realidad tan rica y compleja como la vista por los ojos que la vivieron.
Algunos podrán decir que sus trabajos son anticuados, que representan un tipo de nostalgia perdida que ignora los ideales modernos, pero esas críticas no hacen más que reforzar la fuerza de su resiliencia artística. Savage sabía qué historias contar y cómo hacerlo con la simplicidad de quien sabe que su historia ya es suficiente sin una lente deformante. Su obra se mantiene de pie, orgullosa, porque no trata de ser más que lo que es: un testigo visual de un tiempo en que la verdad necesitaba menos marcos de referencia para hacerse evidente.
Tal vez sea hora de revisar viejas colecciones, desempolvar esos retratos y recordar que aquellos que se apartan del rebaño, como Edward Savage, tienen mucho más que enseñarnos. Sin ironías. Sin reescribir lo que ya era claro para quienes vivieron la historia, que a menudo no coincide con las narrativas modernas de la continuidad cultural. Savage no tiene mucho que ver con lo que las voces progresistas piensan que debería ser el arte, sino que su contribución es recordar que no hay una única forma de registrar una nación. Quizás es por eso que ver su obra produce una liberación de los patrones clasificados en blanco y negro que tanta falta hacen hoy día. Tal vez, después de todo, aquellos que deseen buscar simplicidad francamente americana sabrán dónde encontrarla.