Edmund M. Wheelwright fue, en pocas palabras, el ‘empollón’ de la arquitectura del siglo XIX que seguramente haría explotar la cabeza de cualquier progresista de hoy. Nacido el 14 de septiembre de 1854 en Roxbury, Massachusetts, Wheelwright se convirtió en el arquitecto jefe de la ciudad de Boston y fue un pilar fundamental en la transformación arquitectónica de la ciudad. Pero aquí va el dato — su estilo no era recatado ni reservado al minimalismo querido por muchos hoy en día; no señor, él prefería líneas audaces y diseños grandiosos que gritaban 'majestuosidad' desde lejos.
Para que nadie olvide su marca en Boston, sin duda alguna, su proyecto más emblemático fue la escuela secundaria English High School. Los edificios bajo su mando estaban diseñados para inspirar respeto y situar a la sociedad un poco más arriba de la mediocridad arquitectónica. Imaginemos un momento la cara que pondrían los activistas modernistas al mirar la Biblioteca Pública de Boston diseñada por Wheelwright, que resplandece en grandeza clásica, sin pedir disculpas ni rebajarse a la dictadura del vidrio y el hormigón.
En una época donde tanta gente pone patas arriba cualquier tradición, Wheelwright mantiene la suya conservadormente intacta. Su dedicación a los ideales del Renacimiento gótico y al estilo románico, lejos de ser nostalgia, es una declaración cultural. Cualquier edificio de Wheelwright estaba allí no solo para ser útil, sino para elevar las almas de sus habitantes y de cualquier peatón con la suficiente atención para mirarlo. Aquí, la forma seguía a la función, pero también la superaba con un guiño sofisticado y, a veces, pomposo.
Pero qué sería de un hombre así sin amigos poderosos y visionarios a su alrededor. Wheelwright era miembro prominente del ‘Club de San Botolph’, una comunidad de intelectuales que no rehuiría de una buena conversación sobre el orden social y los valores tradicionales. Era parte de una sociedad de creadores que no solo pensaban en cómo mejorar el mundo, sino en cómo asegurarse de que esos cambios honraran nuestras raíces y no las destruyeran.
Sin embargo, no es de extrañar que muchos liberales quizás prefieran olvidar la existencia de alguien como él. En un lugar de privilegio cultural, donde sus alrededores dictaban sus carreras, Wheelwright optó por rendir homenaje a las glorias del pasado en un mundo cada vez más volcado a la llegada de lo nuevo sin rumbo ni tradición. Como sensación extraña, algunas voces pudiesen alzar la ceja preguntando cómo es que un hombre de hace dos siglos podría tener alguna crítica pertinente sobre el diseño moderno; pero es precisamente este espíritu de resistencia pasiva a la futilidad de la constante innovación lo que hace a Edmund un personaje extratemporal.
Nadie sabe con certeza si tenía la astucia de un coyote o si su intelecto era simplemente una consecuencia de un tiempo mejor educado. Lo que sí está claro es que sus obras siguen siendo un tributo a la robustez y al sentido estético que muchos consideran existía antes de que el mundo diera prioridad a las ideas más modistas del diseño. Su enfoque liberaba a las estructuras de ser simplemente cajas de habitabilidad. Wheelwright, en su mundo anterior al estrés iluminador y el prefabricado aborrecible, mostró que el diseño podría arreglar, al menos en apariencia, el caos que sus contemporáneos empezaban a fomentar.
Mientras dedican más recursos a proyectos arquitectónicos 'sostenibles' y menos audaces, uno no puede dejar de preguntarse si lo que falta es un Wheelwright para recordarnos que lo funcional también puede ser clásico y honrar el pasado es conservar nuestras bases. El hombre se fue de este mundo el 15 de agosto de 1912, pero pensar que su labor ha pasado por alto sería un error de juicio. Las huellas que dejó este diseñador perduran aún, fingers crossed, para seguir inspirando a las generaciones que miren hacia una belleza más estable y menos efímera.