¿Alguna vez se han preguntado cómo sería vivir en una era donde la discreción es un arte perdido? Pues bienvenidos a la "Edad de la Indiscreción", un fenómeno social actual tan prominente como una serie de Netflix que nadie debería ver pero todos ven. Esta moderna 'edad' ha florecido en nuestra sociedad contemporánea, comenzando con el auge de las redes sociales a principios del siglo XXI y extendiéndose como un virus que ha contagiado al mundo entero. Aquí, a la vuelta de la esquina, en cualquier ciudad o pueblo, todos participamos, gustemos o no, en esta nueva norma de compartir excesivamente, donde la privacidad es una palabra que pertenece más a un libro de historia que a una conversación diaria.
En primer lugar, vayamos a los influencers. Ah, los influencers, esos modelos a seguir para las generaciones jóvenes que prefieren inmortalizar cada sorbo de café y cada sentimiento personal en forma de tweet. En la Edad de la Indiscreción, cualquier evento, por banal que sea, merece su propia publicación. Después de todo, ¿quién no está interesado en saber qué comió nuestro vecino para el almuerzo?
Pero no todo es risible en la Edad de la Indiscreción. Existe un lado más oscuro, una exposición continua de opiniones no solicitadas que desafía toda lógica y decoro. Sabemos que el anonimato de internet ha creado una plataforma para ser tanto jueces como jurado sin responsabilidad alguna. Pareciera que muchas personas creen que cada pensamiento que cruzan sus mentes es una perla de sabiduría digna de ser compartida sin censura alguna.
Sigamos con las celebridades. En esta era, ser figura pública ya no consiste solo en actuar, cantar o aparecer en la pantalla. Es tener una voz en todas partes, en todo momento. El resultado es un constante chorreo de posts y stories diseñados para captar atención, sin importar la verdad o la profundidad del contenido. Privacidad, ¿qué es eso? Al parecer, nadie en el ojo público necesita privacidad mientras el número de seguidores siga creciendo.
Y qué hay del ciudadano común y corriente, sí, tú y yo. Ante la presión de no quedarse atrás, ya no importa si las habilidades de Photoshop son limitadas o si nuestra última travesura el sábado por la noche fue un tanto vergonzosa, porque todo tiene un lugar en la red. Exhibir nuestra vida al por mayor se ha convertido en la norma, nos guste aceptar o no.
Para rizar el rizo, la Edad de la Indiscreción no se detiene en el ámbito personal. Esta nueva era también lo hace en la política, donde los deslices no tienen límites y las palabras son armas afiladas. Todo se magnifica, se disecciona y se utiliza para embestir al contrincante. Mientras tanto, aquellos apegados a una ideología en específico, se ven alentados a adoptar la política de lo máximo puede al mínimo costo para ganar notoriedad.
Finalmente, hablemos de los nostálgicos, aquellos que recuerdan con cariño los momentos en los que podíamos hablar cara a cara sin consultar primero con el señor Zuckerberg. Estos héroes olvidados se atrevían a expresarse con cuidado y guardar sus momentos más preciados para aquellos cercanos. Para ellos, la Edad de la Indiscreción es un intruso en su concepción de lo que significa ser privado y reservado.
¿Dónde nos deja esto? Atrapados en una corriente interminable de autopromoción y difusión sin contención. Donde la indiscreción nos rodea, desde nuestros teléfonos hasta la televisión. Talvez sea el momento de apagar nuestras pantallas, al menos por un rato, y recordar que la privacidad no es un lujo, es un derecho que deberíamos reclamar de nuevo.