Parece de chiste, pero en estos tiempos, hablar de "Distorsión Humana" es casi como comentar un partido de fútbol entre políticos: hay quien lo siente como realidad y hay quien, sencillamente, lo llama ficción. Este fenómeno, que para algunos es la base del progreso humano, comenzó a ganar protagonismo en las últimas décadas en países como Estados Unidos y Reino Unido, y ahora permea en sociedades de América Latina, donde la disociación entre lo que es y lo que se quiere que sea alcanza niveles impensados. ¿Por qué sucede? La verdad es que, gracias a narrativas cada vez más creativas y ajenas a lo tangible, los individuos han sido moldeados en laboratorios ideológicos diseñados para satisfacer fantasías más que necesidades reales.
Desde hace unos años, es evidente que las distorsiones alrededor del ser humano han sido impulsadas por intereses que poco tienen que ver con el bienestar general. Un ejemplo claro son las crecientes teorías que retan lo que significa ser hombre o mujer, conceptos que, otrora sólidos y fundamentales, ahora son puestos a prueba desde el púlpito de las universidades donde las ideologías priman sobre las ciencias. Lo más preocupante es que cualquier intento de cuestionar estas ideas es tachado de obsoleto o intolerante.
La famosa "vida líquida" de Bauman se nos viene encima: hoy se busca que los roles sean tan flexibles como el mejor contorsionista. Antes, la sociedad era entendida a través de estructuras firmes donde cada individuo tenía su misión natural; actualmente, se promueve un maremágnum de identidades que no solo impacta lo personal, sino también lo familiar y lo social.
Otra manera de ver la distorsión humana es el creciente esfuerzo por eliminar cualquier diferencia entre los sexos. En la simplista perspectiva del igualitarismo radical, marcan tendencias que ignoran diferencias biológicas con la ilusión de que sólo la cultura, si lo intenta lo suficiente, puede producir igualdad total. Y ahí está la trampa: buscar erradicar estas diferencias, con políticas que poco entienden la naturaleza humana, puede llevar a la sociedad a un terreno peligroso donde se ignore lo que por milenios ha sido parte fundamental de la experiencia humana.
Cada rincón de la agenda se empeña en una versión distorsionada de la historia: los que intentan cambiar el pasado con un nuevo relato, radical y cargado de un revisionismo histórico. Ciudades y naciones son redibujadas no por el capricho del destino, sino por relatos ficticios que lamentablemente son ahora tratados como verdad indiscutible.
Cuando políticas bienintencionadas se disfrazan de derechos inalienables, se pisotea la libertad bajo el timón inexperto del sentimentalismo. Plantear cualquier cosa, sin importar que sean desvaríos bajo el nombre de una causa noblemente impuesta, decora este espectáculo llamado distorsión humana. Lo más curioso es cómo se culpabiliza a la sociedad por no aceptar la artificialidad fabricada en lugar de cuestionar las bases de estas modas.
Estos cambios, muy bien orquestados desde la cúspide de algunas esferas de poder, responden a la noción de que es tiempo de revolucionar lo humano, pero, ¿a qué coste? De una sociedad que encuentra su valor en un mundo repleto de distorsiones, hay que preguntarse: ¿qué se gana en esa búsqueda implacable de la transformación continua y sin sentido?
Debemos estar conscientes de que, a pesar de las narrativas efímeras y distorsionadas, hay una realidad concreta que nos sigue doliendo: las familias frágiles, los límites desenfocados y las generaciones cuya identidad les fue arrebatada antes de que siquiera fueran capaces de comprender su herencia. Ya es hora de poner freno al espectáculo y confrontar lo que es distorsión y lo que es verdad. Basta ya de idealizar una imagen de humanidad que flirtea con el autosabotaje.
El enredo es cada vez más profundo y, si no aclaramos esta realidad con convicción y sentido crítico, la distorsión humana continuará siendo una chaqueta de fuerza psicológica que atenaza la sociedad actual.