Parece un chiste de mal gusto que un país tan poderoso como Estados Unidos pudiera ser sorprendido por un grupo de terroristas utilizando aviones comerciales como armas. Pero este fue exactamente el caso el 11 de septiembre de 2001. En un ataque sin precedentes, cuatro aviones fueron secuestrados y convertidos en misiles voladores, matando a casi 3,000 personas en Nueva York, Washington D.C. y Pennsylvania. Cómo llegó a ocurrir esto es la pregunta que abre el análisis sobre los fallos de inteligencia de América.
Primero, hablemos de las señales que se ignoraron. Meses e incluso años antes del ataque, la inteligencia estadounidense recibió múltiples advertencias acerca del interés de Al-Qaeda en realizar ataques en suelo norteamericano. ¿Qué hizo Washington con esta información? Muy poco. Es como si hubieran decidido cerrar los ojos y esperar lo mejor. Un cable del FBI en Phoenix sugirió que los militantes de Al-Qaeda estaban asistiendo a escuelas de vuelo, pero nadie se molestó en conectar los puntos. Un reclamo casual, en 2001, por parte del agente de campo Kenneth Williams, quedó archivado como "no importante".
Seguimos con el tema de comunicación. La guerra constante de celos y falta de comunicación entre las agencias de inteligencia como la CIA y el FBI no es una cuestión menor. La falta de intercambio de información fue una de las razones clave detrás del éxito del ataque. Si John Ashcroft y compañía no hubieran tratado el contacto de la CIA con Al-Qaeda y con el FBI como un asunto territorial, el viaje sin complicaciones de los secuestradores por el país podría haber sido evitado. Pero no, el orgullo se sobrepuso al profesionalismo.
Pero no todo recae en estas agencias. El papel de la estructura política no puede ser desestimado. La administración de Bill Clinton, que mucha gente prefiere olvidar, fue complaciente con el auge del terrorismo islámico. En los años 90, Osama bin Laden y su red ya eran conocidos por sus actos de terrorismo internacional, pero la respuesta de Estados Unidos fue frenar cualquier acción decisiva. Sanciones y más sanciones. Al mismo tiempo, los políticos estaban más interesados en los escándalos internos que en afrontar el problema que se cocinaba a fuego lento fuera de sus fronteras.
A continuación, está la sorprendente falta de seguridad en los aeropuertos. Quién hubiera pensado que la seguridad aérea era, en realidad, pura estética. Aunque había normas, estaban lejos de ser aplicadas rigurosamente. Los secuestradores pasaron los controles de seguridad con objetos permitidos que no estaban incluidos en las listas obsoletas de "armas" peligrosas. Es como si formaran parte de un ridículo teatro de seguridad.
Por supuesto, hay un elemento humano aquí. Los secuestradores eran individuos entrenados meticulosamente por su organización criminal. Ahora bien, sabiendo esto, ¿por qué no hubo un esfuerzo más coordinado para neutralizar estas amenazas específicas desde el principio? La verdad es que una y otra vez, se subestimó la brillantez táctica de Al-Qaeda, y ellos lo utilizaron en su contra.
Distribuir la culpa no ayuda a devolver las vidas perdidas ni a cambiar lo que sucedió ese día, pero tampoco podemos ignorar el hecho de que la burocracia y la falta de previsión llevaron directamente a este desastre. En medio de este desorden, hay una lección incómoda que millones están obligados a enfrentar. Una lección que desafía la comodidad de los discursos de seguridad nacional vacíos pero políticamente correctos que a menudo se abrazan.
Finalmente, hay que hablar de la cultura del rechazo al cambio. La falta de adaptabilidad que mostró la inteligencia estadounidense fue un factor determinante. Uno pensaría que el país más poderoso del mundo estaría en la vanguardia de la acción proactiva, pero en aquel entonces, la realidad era otra. Persistía una actitud de "esto no pasará aquí". ¿Y cuál fue el resultado de esta arrogancia? Se desencadenó uno de los días más oscuros en la historia moderna de América.
Los fallos en la inteligencia del país son una historia de advertencias ignoradas, luchas burocráticas absurdas y desidia presidencial, todos contribuyendo a una de las tragedias más prevenibles jamás vistas. Al fin y al cabo, quizá este sea el precio que paga un país cuando deja que la corrección política y la compartimentación aplasten la capacidad de acción basada en el sentido común. Eso debe cambiar para que otra catástrofe similar no ocurra de nuevo.