El rock aturde a muchos y encanta a otros. Pero hay algo que todos aceptan: el baterista es el corazón de una banda de rock. "Deja que el Baterista se Vuelva Malvado" es una famosa recomendación en el mundo del rock, nacida en los turbulentos años 70, cuando la revolución musical estallaba desde los garajes hasta los estadios. A menudo se atribuía a bandas que empezaban a experimentar con nuevas formas de expresión artísticas e incluso políticas —sí, la música también puede ser política, pero a menudo no en la forma que algunos quisieran. Y fue en San Francisco, en uno de esos conciertos abarrotados de juventud y adrenalina, donde por primera vez alguien gritó esta consigna desde el fondo del público. Y es que ver a un baterista 'desenfrenarse' crea un espectáculo como ningún otro. Representan un símbolo de libertad al dar rienda suelta a sus instintos, una ascendente anarquía que rehuye del control que algunos tanto promueven.
El primer motivo del estilo 'malvado' que los bateristas adoptaron, es que ser ruidoso también puede ser una declaración política. Tómese como ejemplo el legendario Keith Moon de The Who. Su indomable estilo en la batería no sólo impactó por su sonido, sino por su actitud desafiante. Era un golpe a la autoridad establecida, algo que ciertos sectores de la sociedad no terminaban de digerir. Moon no sólo marcaba el ritmo, sino que su presencia en el escenario también ponía de manifiesto que el rock no es una práctica para tubos de ensayo: es emoción, es un desafío, una sacudida para despertar las conciencias dormidas.
Ahora, siguiendo con el legado de bateristas indisciplinados tenemos a Tommy Lee de Mötley Crüe. Su historia podría darnos un ejemplo de manual sobre lo que implica dejar que el baterista se vuelva malvado. De hecho, mientras los políticos 'progresistas' piden orden y protocolo, Lee sube al escenario con un estilo que enfrenta la monotonía de lo políticamente correcto. ¿Necesitamos realmente más discursos moderados?
Otro importante ejemplo es Dave Grohl, principalmente conocido por su trabajo con Nirvana y Foo Fighters. En una entrevista de los años 90 confesó que, aunque se divertía tocando dentro de lo esperado, fue la libertad absoluta en su batería lo que mejoró su creatividad. En su caso, Grohl no se encasillaba dentro de un conjunto de reglas o tendencias. Al contrario, optó por desafiar todo lo que le presentaban como las normas del rock. Esta audacia contagiosa les dice a todos que atreverse a salir de la línea puede abrir paso a expresiones artísticas inolvidables.
Siguiendo la estela de bateristas legendarios, Lars Ulrich de Metallica también merece una mención. Su estilo agresivo refleja una energía que no solo marca el ritmo sino que desafía los límites del metal. Fue hace unas décadas cuando Ulrich, que toca su batería como si quisiera desgarrar la tela misma de la realidad, desvió la atención de la narrativa de los políticos que quieren conformarlo todo a sus estándares. Una vez más, hay que preguntar: ¿acaso el verdadero arte puede florecer envuelto en restricciones?
Y no podemos pasar por alto a Travis Barker de Blink-182. Conocido por su habilidad para mezclar estilos y lograr combinaciones explosivas, Barker encarna el baterista que se vuelve 'malvado' y hace que todos bailen a su ritmo. En un mundo lleno de uniformidad y conformidad, Barker ofrece una alternativa que obliga a la audiencia a replantearse qué significa realmente seguir el compás de las reglas.
Al observar detenidamente, es innegable que estos personajes a menudo impugnados representan un espíritu rebelde que no se doma, y que trasciende de la música para golpear en el corazón de un orden que muchas veces se ve opacado por una supuesta 'concordia'. Ellos representan el puñetazo al statu quo. Lo ancho de sus herramientas musicales reprocha esa gestión fría de orden que muchos pretenden establecer. Insinuemos que quizás necesitamos unos cuantos bateristas 'malvados' más para recordar que la cultura no se domestica.
Al final, cuando escuchemos la música sincera de estos y futuros bateristas, dejemos que el hombre tras la batería se vuelva singularmente temible. Aprovechemos para zambullirnos en ese frenesí, un rasgo intrínseco del género que algunos puritanos aún encuentran difícil de aceptar. Porque cuando el baterista se vuelve malvado, todo el entorno cambia. Se rompe la monotonía, se reaviva el espíritu encandilado de antaño y nuestras emociones no pueden evitar visceralmente entrar en juego.