Entre el caos del bullicio urbano y el zumbido constante del tráfico, emerge un juego que podría estar intentando decirnos algo más profundo sobre nuestra economía moderna. "Crazy Taxi: Guerras de Tarifas" es ese juego electrizante que nos remonta al año 1999 cuando fue lanzado por Sega. Nos lleva a la ficticia ciudad basándose vagamente en San Francisco. A través de sus desmesuradas calles y colinas vertiginosas, tenemos que manejar como locos para recoger y dejar a los pasajeros en el menor tiempo posible. Claro, todo es un juego, pero el verdadero subtexto de este entretenimiento pixelado plantea inquietantes alegorías sobre la competencia sin control, estilos de vida urbanos y, por qué no, hasta un guiño a las actuales guerras de tarifas entre las plataformas de transporte.
Permítanme explicar por qué este aparentemente mundano videojuego puede estar empapado de connotaciones sobre el mundo real que algunos prefieren ignorar. Imagine a cada taxista como un pequeño capitalista, enfrentándose a las fuerzas del mercado con nada más que volante en mano y sus habilidades a toda velocidad para aprobar o, en los casos más desafortunados, pasar horas lidiando con clientes exigentes. Un espaldarazo a la meritocracia, claro que sí, pero no es difícil intuir que el juego impulsa un mensaje más contundente. En esta jungla de cemento, todo va de correr más rápido, de ser mejor y eficiente, o sino quedarás fuera del juego. Cosas que, francamente, suenan como a pesadilla para todos aquellos liberales que clamorean regulaciones constantemente.
"Crazy Taxi" también tiene otra serie de ironías que la vida real del siglo XXI reproduce. La llegada de Uber y otras aplicaciones podrían muy bien ser una secuela no oficial del juego. Ya no basta con tener carisma o unas ruedas bonitas, ahora deben enfrentarse a algoritmos y calificaciones, una refinada guerra de tarifas moderna y tecnológica. Y mientras los choferes de "Crazy Taxi" solo tenían que preocuparse de recoger a un simpático pasajero pixelado que te pagará por cada salto loco y derrape audaz, nuestros conductores actuales deben evitar filtros de violencia y una media sonrisa perfecta para retener una calificación impecable. Para los liberales que predican la eliminación de estas plataformas por "competencia desleal", cabe decir que estamos viendo el capitalismo evolucionar y a los usuarios beneficiarse de tarifas más accesibles.
Lo que ponemos aquí sobre la mesa no es una apología absoluta al descontrol capitalista, sino una simple muestra de cómo un videojuego ya avisaba lo que vendría. Al menos este juego no se esconde tras principios de inclusión que son poco prácticos cuando entras en la realidad de un sistema que, aunque incomodo para algunos, sostiene la balanza económica mejor de lo que muchos quieren admitir. Probablemente los chicos de Sega nunca imaginaron estar haciendo un manifiesto económico pero entre el caos de cada carrera, esas verdades se cuelan. Nos deja una enseñanza: no basta con correr rápido, hay que saber hacerlo con inteligencia. La eficiencia y la libre competencia, cuando no son disparatadas en regulaciones absurdas, puede resultar en beneficiar a los consumidores. Justo como en el juego, aquellos que pueden asimilarlo y adaptarse, serán los que dominen. O como dicen en Crazy Taxi: 'estás a bordo o te quedas'. Sin diluirlo todo en quejas y leyes restrictivas, podríamos apreciar cómo este entorno cumple los sueños de quienes logran prevalecer.
Así que próximo a que decidan ver este juego como un simple entretenimiento, tal vez valga la pena reflexionar por un instante sobre los guiños que hace al mundo real, nos desafía a ser más astutos, más rápidos, y así, señores, así es como se gana la partida.