En un mundo donde parece que cuanto más absurdo, mejor, las "Cosas Irreales" dominan la narrativa diaria. Mientras los políticos y activistas se esfuerzan por crear una realidad paralela, la sensatez a menudo se tambalea al borde del abismo. Desde la obsesión con las políticas de identidad hasta creer en soluciones mágicas para problemas complejos, es difícil no preguntarse si estamos en una especie de show de circo moderno.
¿Qué son las "Cosas Irreales"? Básicamente, son esas ideas que, aunque suenan muy nobles en teoría, dejan de lado la lógica y resultan ser completamente imprácticas en el mundo real. Un ejemplo clásico podría ser pensar que una economía puede crecer infinitamente financiando programas insostenibles que ofrecen todo 'gratis'. Alguien tiene que pagar, y lamento decirlo, pero no, no es el árbol mágico del dinero.
Por supuesto, tenemos la creencia de que multiplicar los géneros con cada nuevo día es una necesidad urgente. ¿Cuándo y dónde se perdió el sentido común? La simple biología ha explicado durante siglos la defensa de la existencia de dos géneros, pero todo lo que se necesitó fue una agenda política bien aceitada para que esta obviedad se desmoronara en fragmentos de política inclusiva. Y si no estás de acuerdo, entonces de alguna manera eres retrógrado, o peor, intolerante. Imponer una opinión como mandato social es el movimiento más irreal de esta década.
La educación también se ve influenciada por esta era de ficción. Hoy, en las aulas de muchos países, el enfoque se ha desplazado de enseñar habilidades prácticas y la historia (sin reinterpretaciones políticamente sesgadas) a asegurar que nadie se sienta ofendido. El resultado es una generación que sabe cómo identificarse en redes sociales, pero lucha con lo básico como leer y escribir. La meritocracia, antaño un valor sagrado, es ahora una idea "opresiva", reemplazada por la necesidad de igualar resultados independientemente del esfuerzo.
Hablemos de los medios de comunicación; el epítome de las "Cosas Irreales". Ellos quien más, quien menos, esculpen narrativas para adaptarse a las agendas populares del momento. La desinformación y las noticias seleccionadas se presentan a menudo como hechos. Se podría pensar que los periodistas optan por desertar al mundo fantástico a riesgo de perder relevancia en la realidad. Planean instalar peajes éticos sobre la información y animan una cultura de "hechos alternativos".
Tampoco podemos olvidar el impacto de las "Cosas Irreales" en la gestión política global. Tomemos el cambio climático: mientras promovemos medidas que suenan grandiosas y llenas de promesas verdes, algunos se olvidan de precisar cómo alimentar el mundo moderno sin recurrir a lo nuclear o al gas fósil. En vez de enfrentarse valientemente a estas incómodas verdades, seguimos buscando unicornios verdes. Incluso con la energía renovable, no tener un plan completo es como insistir en navegar en un barco sin velas.
En la esfera de la justicia social, el retoque y la reformulación de siglos de historia amplifican el ruido, pero muy poco solucionan. El revisionismo histórico para asemejarlo a los ideales modernos falsea la verdad, deshonrando aquellos logros que nos trajeron hasta el presente. Esta era no solo es testigo de cambios, sino también de la erosión de lo que solía unir a las sociedades, reemplazado por divisiones basadas en percepciones culturales superficiales.
Al final del día, esas "Cosas Irreales" nos dejan ocupados eternamente discutiendo conceptos vacíos, mientras las preocupaciones tangibles, como infraestructuras deterioradas, seguridad pública o economías vulnerables, se oscurecen bajo la sombra de promesas insostenibles. La gran paradoja es que mientras unos abogan por lo imposible, otros han adoptado una narrativa bien realista: si algo suena demasiado bueno para ser cierto, probablemente lo sea.