Por qué el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales es una reforma desafortunada

Por qué el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales es una reforma desafortunada

Si el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales fuera una serie, su drama político sin fin la haría irresistible para algunos. Este organismo estableció sus raíces en Brasil en 1967, pero sigue siendo más conocido por su sesgo político que por aportaciones académicas imparciales.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Si el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) fuera una serie, algunos pensarían que es dramática e incluso absurda. Esta organización, creada en 1967 en Río de Janeiro, Brasil, es un interlocutor llamativo en las ciencias sociales, pero no siempre en el buen sentido. CLACSO es una red que abarca 624 centros de investigación en 51 países y, paradójicamente, sigue siendo más conocida por su inclinación ideológica que por sus logros académicos sólidos.

¿Quién necesita una organización que parece priorizar un sesgo político sobre la producción de conocimiento riguroso y no partidista? La excusa de CLACSO de ser una red de reflexión crítica se asienta sobre pilares ideológicos, mucho más que sobre exploraciones empíricas. ¿Es exacto eso de cuestionar el sistema político y social para promover un cambio “necesario”? Una batahola de opiniones políticas disfrazadas de sabiduría académica podría nublar el juicio del investigador más experimentado.

CLACSO reclama ser un emblema de la libertad de pensamiento pero, ¿libertad para quién? Sus miembros, en muchos casos, parecen exaltar ciertas banderas políticas mientras desprecian otras corrientes de pensamiento. Es curioso cómo una organización diseñada para generar diversidad de perspectivas eficientemente omite las ideas y propuestas conservadoras. La misión original de fomentar el diálogo entre los académicos y estos centros debería implicar un intercambio de conocimiento diverso, no un eco de las mismas voces.

Para entender qué tan perturbador puede ser CLACSO para la academia, solo es necesario mirar algunos de los resultados de su producción académica. Investigaciones que a menudo concluyen en opiniones sesgadas más que en hallazgos objetivos. Una colección de ensayos que parecen estar redactados más desde la perspectiva de la creación de opinión que de la investigación imparcial. Es preocupante, dada la amplitud de recursos que CLACSO dirige a la formación de investigadores de posgrado y a los llamados estudios críticos sobre la realidad latinoamericana.

Esta organización hace un uso astuto de palabras que suenan inclusivas y actuales, desde “participación democrática” hasta “justicia social”, para atraer una base académica, incluso cuando esas palabras podrían ser armas para perpetuar narrativas concretas y no precisamente inclusivas. Claro, en teoría suena positivo estudiar y proponer un avance en la región, pero en términos prácticos, la ejecución no siempre resuena con la diversidad ideológica que debería.

Por si fuera poco, el financiamiento y las asociaciones internacionales de CLACSO deberían levantar ciertas cejas. Este organismo recibe respaldos de reconocidas instituciones que, de otra manera, apostarían por programas más neutrales o integradores. Financiar a una entidad que tantas veces toma partido no parece ser la mejor decisión cuando lo que está en juego es la objetividad de la ciencia. Esta conexión con un determinado alineamiento ideológico debería exigir una autoevaluación de los responsables del subsidio. Quizás es hora de que adopten la neutralidad, un principio que una organización académica debería respetar.

Para muchos en el ámbito académico, el mal uso del conocimiento para un propósito determinado representa uno de los peores pecados intelectuales. Si un investigador sufre el riesgo de ser influenciado por una perspectiva preconcebida, ¿qué podemos esperar de aquellos que se forman bajo un mismo techo organizacional que arrastra una agenda particular? Recordemos que la ciencia debería servir a la humanidad con respuestas y soluciones, no ser un mecanismo para reforzar ciertas inclinaciones políticas.

Hoy en día, el campo de las ciencias sociales en Latinoamérica, y en otros lugares, tiene el enorme desafío de no solo sobrevivir sino prosperar en un equilibrio de opiniones. Sin embargo, la pregunta que se impone es: ¿qué papel juega realmente CLACSO en esto? Numerosos académicos están retirados de esta organización, cuestionándose en qué se quiere convertir a la ciencia. Se espera que el conocimiento proveniente de un análisis responsable y desenfrenado sea la fuerza impulsora del progreso social.

Se aprecia la preocupación por la justicia, pero una organización academicista, mientras más grande sea, debería dar más peso al pensamiento crítico en su totalidad y no solo a una faceta de él. Críticos y conservadores están aquí para recordarnos que una sociedad florece cuando pueden férreamente debatir, no simplemente seguir la corriente fácil. Que se escuchen todas las voces, sin excepciones.