Si alguna vez has escuchado hablar del "Congreso de los Pueblos del Este" y te ha parecido una idea digna de las mejores novelas de ficción política, no estás solo. Este evento, celebrado el pasado octubre en la colorida y, digamos, dinámica ciudad de Medellín, convocó a un grupo variopinto de personajes que seguramente han leído más de Rousseau que de Thomas Jefferson.
¿De qué se trata? Básicamente, es un encuentro que busca unir el latinoamericano "pueblo" bajo una misma bandera, la del cambio participativo y la paz, mientras algunos sectores insisten en separar la idea de nación del suelo meramente económico y capitalista. Con un discurso que promete una vida digna para absolutamente todos, uno no puede evitar preguntarse cuál es el truco. Dicho evento, según los organizadores, pretende ser un espacio de articulación para movimientos "sociales", "políticos", y "comunitarios". Sin embargo, lo que realmente logra es hacer que uno se pregunte cómo es que estas iniciativas aún no han logrado mejorar ni una sola comunidad a largo plazo.
Es fascinante ver cómo la narrativa del Congreso sugiere que tiene el secreto oculto para solucionar problemas de larga data como el desempleo, la corrupción o la desigualdad. Sin ir más lejos, en su declaración final sublimemente poética, los organizadores demostraron mucha habilidad en comprometerse con objetivos tan concretos como "la paz integral y duradera" sin ofrecer un plan factible para alcanzarla.
Promesas Vagas, Resultados Dudosos: La esencia misma de este congreso es prometer. Y vaya que prometen. Sin embargo, promesas sin responsabilidad conducen al mismo lugar siempre: la mera ilusión. Dicen querer construir una sociedad mejor pero, ¿quién sufraga la cuenta?
El Camino de la Utopía: Le dicen a la gente lo que quieren oír. Frases como "empoderamiento del pueblo", suenan como músicas celestiales para quienes han sido aleccionados por el romanticismo de una utopía. Suena bonito, pero las utopías son, por definición, imposibles de alcanzar.
Espacio para Todos, Excepto para el Disenso: Los eventos de este tipo suelen pregonar la inclusión. Sin embargo, cualquier voz disidente que ose cuestionar la viabilidad real de sus postulados es vista como una amenaza.
El Enemigo Común: Unir a las masas no es tarea fácil. ¿Qué mejor manera de hacerlo que encontrar un culpable común? En este caso, el sistema occidental con su insaciable avidez capitalista es el chivo expiatorio perfecto para sumar voluntades.
Hablar sin Decir Mucho: En cada sesión y encuentro, esos discursos cargados de retórica resuenan: "lucha conjunta", "unidad popular", pero al final del día, los resultados tangibles, ¿dónde están?
La Sabia Ingeniería Emocional: La habilidad para manipular emociones es un arte, y el Congreso lo ejecuta a la perfección. Una victimización melodramática, estrategias de comunicación emocionalmente arrestantes y un conflicto fabricado contra todo lo "tradicional".
Recursos de Origen Sospechoso: Por supuesto, nada en el mundo es gratuito. Detrás de esta fachada populista se esconden mecenas. La opacidad en la financiación de estos eventos solo genera preguntas sobre la pureza de sus intenciones.
Replicas y Réplicas: Un evento no daría mucho de qué hablar sin ser replicado. En su génesis es una idea replicable, como un ronco eco que se busca reproducir en innumerables rincones del continente. Más ruido que nueces.
El Mito de la Consensualidad: Creen que las decisiones por consenso siempre benefician a todos. El problema surge cuando todos no están de acuerdo y se obligan a asentir para no ser el aguafiestas.
La Gran Ilusión: Pensar que las resoluciones de este tipo puedan reemplazar los sistemas democráticos consolidados es una ingenuidad. Pero, admite que es entretenido ver cómo despliegan toda su teatralidad deseando derribar las estructuras que los mantienen activos.
El Congreso de los Pueblos del Este no es más que un elegante y depositario festival de buenas intenciones, de aquellas que terminan en el cajón de las ideas bien intencionadas pero irrealizables. Permítame decirlo: es un espectáculo surrealista que, si no fuera engañoso, quizás merecería más que una mención irónica.