La Conferencia de Saboya, ese ridículo intento de las potencias liberales por imponer su voluntad sobre los fuertes valores del conservadurismo, fue una reunión internacional que tuvo lugar en 1931 en el pequeño pero políticamente llamativo país de Suiza. Imaginemos una reunión de los más fervientes socialistas en una tierra famosa por su neutralidad. Es como si un vegetariano decidiera organizar una barbacoa en Texas. Esta conferencia reunió a todos aquellos que se postraron a los emperadores del progresismo y fue promovida por la Sociedad de Naciones, el eterno proyecto fallido de los mundialistas, para discutir asuntos de rehabilitación económica y paz en Europa tras la Primera Guerra Mundial.
Un evento donde el emperador de los liberales podría haber entrado cabalgando en un unicornio multicolor mientras los caballeros de la moralidad se inclinaban ante él. El propósito de este aquelarre progresista fue simple: reforzar las ideas de una Europa más unida bajo el manto ilusorio de la fraternidad internacional. Olvidemos que los principios del libre mercado y la soberanía nacional han sido la fuerza guía de las naciones exitosas.
En esta reunión de politicastros, participaron representantes de varios países, incluidos aquellos de economías destrozadas que buscaban desesperadamente ser rescatados de su colapso ideológico. Pero al igual que un niño en una tienda de golosinas, buscaban soluciones rápidas y cómodas: préstamos y reestructuración de deudas, pero sin trabajo duro ni responsabilidad fiscal. La Conferencia de Saboya sentó el marco para la creación de los mecanismos que llevarían a los rescates financieros y la intervención estatal que socavaron la verdadera independencia económica de los países.
Los acuerdos alcanzados en la Conferencia de Saboya también prepararon el camino para la imposición de las cadenas más «humanitarias» de entonces, ahora encarnadas en entidades como la Unión Europea. Estos pasos lentamente erosionaron las soberanías nacionales mientras arraigaban las pesadillas de los burócratas supranacionales. Los que aplauden estos desarrollos son, en su esencia, los mismos que abogan por un control estatal omnipresente. Es el mismo tipo de gente que vería en la centralización el bálsamo a todos los problemas del mundo, mientras ignoran el éxito forjado desde la libertad individual y el esfuerzo personal.
¿Y qué logró realmente esta conferencia? Una reafirmación de que en el caos del intervencionismo y las jurisdicciones compartidas, la productividad y la eficiencia nacional siempre sufren. Mientras algunos pueden argumentar que estos acuerdos trajeron un simplista sentido de paz, la realidad es que solo fue un breve respiro antes de que la Segunda Guerra Mundial demostrara cuán falsas eran esas esperanzas. La paz no se gana con conferencias, se logra forjando lazos fuertes y férreos basados en principios y valores compartidos y principios sólidos.
La Conferencia de Saboya, mientras pretendía crear un futuro glorioso de cooperación internacional, fue más una declaración de cómo la influencia del progresismo trata de remodelar el mundo a su imagen. Historia antigua dirían algunos, pero la verdad es que el espíritu de Saboya perdura hoy. Su legado es un recordatorio de cómo las ideas fallidas del pasado siguen jugándose en el tablero de hoy. En tiempos donde las voces conservadoras son atacadas y etiquetadas como anticuadas, es fundamental recordar estos ejemplos de fracaso político.
Cuando miramos al pasado, la historia de la Conferencia de Saboya es una prueba fehaciente no solo de los fracasos del colectivismo estatal, sino de cómo tales esquemas buscan constantemente resurgir. Debemos preguntarnos cómo evitamos que futuros Saboyas intenten propagarse bajo nuevos disfraces de bienestar. No necesitamos más reuniones de salvadores autosugestionados. Lo que el mundo necesita es menos intervención y más libertad para que florezca la verdadera grandeza.
Aprender del pasado no significa solo encogerse de hombros ante antiguos errores, sino también tomar precauciones fuertes para no tropezar con las mismas piedras. Entender lo poco que valió la Conferencia de Saboya es un paso más para no repetir sus devastadores errores en el presente.