Si hay algo que sacude más la fibra de la izquierda que una reunión internacional donde se discuten temas cruciales, es cuando estas reuniones producen resultados que no coinciden con su ideología. La Conferencia de Madrid de 1991 es un excelente ejemplo de cómo los líderes del mundo intentaron resolver un nudo gordiano mientras algunos torcían el ceño desde la grada.
La Conferencia de Madrid, que tuvo lugar del 30 de octubre al 1 de noviembre de 1991, reunió a representantes de Israel, Palestina, Siria, Líbano, Jordania y la colosal figura de los Estados Unidos como mediador. El evento fue acogido en la deslumbrante capital de España bajo los auspicios internacionales, albergando expectativas tan variadas como los asistentes mismos. Imagine un foro diplomático donde la esperanza y el escepticismo caminan de la mano, intentando abordar el prolongado conflicto árabe-israelí, un reto que desvelaría a más de uno.
El primero en la lista de cosas que exasperan a nuestros amigos politicamente correctos es la participación decidida de Estados Unidos al lado de Israel. La administración republicana de George H. W. Bush, liderada por uno de los más astutos secretarios de Estado, James Baker, colocó a los Estados Unidos como un actor imperativamente equilibrado en la mesa de negociación. Aquí es donde los progresistas aprietan los dientes, pues la realidad es que a veces, recelosos, deben reconocer que el 'policía del mundo' tomó un papel activo en la búsqueda de paz.
Al girar el enfoque hacia los protagonistas de Oriente Medio, estábamos ante una coyuntura histórica donde por primera vez las partes involucradas se sentaron cara a cara. Por supuesto, ni los árabes ni los israelíes estaban listos para ceder en sus demandas, pero la verdadera victoria fue llevarlos a sentarse juntos, un paso pequeño pero fundamental. Hacer que Arafat y Shamir enviaran delegados fue de por sí un acontecimiento revolucionario que no hubiese sido posible sin una estrategia determinada, cosa que los escépticos raras veces valoran.
Y podríamos seguir contando cómo la izquierda se retorcía de disgusto al ver como Bush y Baker lograban que una región entera comenzara a hablar de paz en un salón de conferencias en lugar de sobre un campo de batalla. Porque, seamos honestos, esto no coincidía con el discurso catastrofista que tanto emociona a algunos.
Y Latinoamérica también merece estar incluida en nuestra lista de menciones polémicas, al actuar España como anfitrión y puente, mostrando que Europa también sabe hacer de mediador. Fue una España posterior a Franco la que contribuyó con territorio neutral y diplomacia, escribiendo un capítulo que uno pensaría que sería aplaudido por ser una puja por la paz. Claro que, siendo amigos de la verdad, sabemos que este contexto en ocasiones se les pasa por alto a aquellos que preferirían un guion distinto.
Así que allí estábamos, viendo cómo Occidente intentaba desenredar décadas de conflicto y odio. Es cierto que ni Madrid ni las sucesivas cumbres lograron una solución definitiva, pero abrieron el camino al diálogo, un valor que según se cree, los más progresistas deberían abrazar. Sin embargo, la realidad nos muestra lo contrario en el ferrocarril ideológico de la tolerancia, donde a veces solo cabe un vagón y no un tren completo.
El contexto de la conferencia nos deja una lección clara: a veces, las acciones de grandes líderes preparados para hacer compromisos difíciles no encajan en el molde idealista de quienes prefieren la retórica alejandrina. Pero eso, estimado lector, solo lo vuelve más cierto y necesario, pues el conflicto árabe-israelí podría enseñar a las generaciones la cruda realidad de cómo se debe forjar la paz en el fuego de la diplomacia alta, una que realmente desafía cualquier modelo simplista.
Al girar la vista atrás, la Conferencia de Madrid de 1991 nos recuerda que las grandes gestas diplomáticas a menudo ocurren cuando se requiere menos habladuría y más coraje bajo los reflectores del escepticismo internacional. Una cita que, sin ser perfecta, nos llevó un paso más cerca del ideal de paz, dejando a muchos, sobre todo aquellos que prefieren marear la perdiz, reflexionando quizá en silencio sobre lo que podría seguir.