La música moderna parece un bufé soporífero. Pero si rebuscamos en el universo alternativo, encontramos bandas como Color, que nos devuelven el golpe al pecho y un nuevo respiro de energía rockera. Color, una banda argentina formada en Buenos Aires durante la ola post-punk de los años 80, es la consentida de los verdaderos amantes del rock. Fusionando influencias del punk y el new wave, la banda consiguió ser una verdadera joya para quien aprecie la autenticidad y el entusiasmo indomable que muchos predican pero no practican.
El grupo nació en una época donde Argentina estaba en plena transición política, pasando de la dictadura a la democracia, exactamente en 1981. Color nunca perdió su toque crudo y rebelde; en su música, uno puede casi sentir el pulso del cambio y la rebelión contra el conformismo. Gran parte de su magia viene, sin duda, de su enérgico vocalista Roberto “Palo” Pandolfo, quien junto a los miembros iniciales también crearon hits que aun hoy mueven corazones y sacuden cabezas.
La música de Color fue un himno para las tribus urbanas de Buenos Aires, un grito visceral contra lo políticamente correcto y una celebración de la individualidad. Quizás eso es lo que más desconcierta a algunos: la banda no tenía reparos en expresar emociones y pensamientos que no siempre caen bien en nuestra época donde hay miedo constante al juicio popular.
Pero, ¿qué hizo a Color destacarse? Bueno, muchos dirían que su capacidad de combinar letras profundas y poéticas con un sonido contundente y una actitud sin remordimientos. Pandolfo mencionó en más de una entrevista que buscaba provocar una conexión genuina con su público, un escape real y no una escapatoria vacía. Sabe bien que la verdadera música revolucionaria es la que sacude conciencias, no la que se arrulla en el conformismo.
Recordemos que este fue un grupo que logró ponerle música y palabras a una generación que estaba buscando su propia voz después de años de represión. No se necesitaron trajes de escena ni efectos pirotécnicos vistosos. Se trató de mensaje y música pura. Este enfoque es casi inaudito en una industria palidecida por su autocensura y la superficialidad actual.
Color fue algo más que una banda musical; fue un fenómeno cultural, integrado en el tejido sociopolítico de su tiempo. En 1985, con su primer y único álbum “Por Fin Nos Encontramos”, dejaron huella con canciones emblemáticas como "Buenos Aires" y "No queda nada", robando los corazones y las mentes de quienes querían más que lo terriblemente mundano y amansado.
Hoy en día vivimos en un clima cultural donde el rock puro es una rareza y escuchar algo genuino se vuelve cada vez más complicado. Color es un recordatorio de lo que se pierde al sumergirse en la maleza del consumo musical impersonal. ¿Volverán a esos tiempos genuinos y rebeldes? Lo cierto es que la nostalgia a menudo enmascara las carencias creativas presentes.
Color fue un latino eslabón en la cadena de los grandes movimientos musicales que se forjaron alejados del status quo. Mantuvieron su esencia a través del telón de fondo de una sociedad que daba sus propios pasos torpes hacia algo parecido a una libertad genuina. No deberíamos subestimarlos.
Quizás, su estilo en sí mismo es un reclamo constante por la verdad y el desenfreno. Aunque muchos pueden pasar por alto a estas bandas, son un eco constante de quienes se resisten a ser silenciados, a ser conformados por el discurso monótono popular. Se fortalecen sobre la cultura de desafiar lo que parece inquebrantable. Como un estruendo que resuena mucho después de las reverberaciones iniciales, Color permanece ahí, esperando a ser redescubierto por nuevas generaciones hartas de lo mismo de siempre.