¿Alguna vez te has preguntado por qué algunas personas parece que lanzan su vida al vacío? Colina de Beavan es la respuesta. Este lugar, donde se entrelazan el pasado y el presente, se encuentra en el corazón de Chile, y ha hecho que los más conservadores como tú y yo levantemos una ceja. Pero veamos, ¿quién es Beavan y por qué su colina se ha convertido en un símbolo de las decisiones más alocadas?
Colina de Beavan es un fenómeno que emergió cuando la persona detrás de su nombre, Emilio Beavan, decidió en 2015 crear una comunidad con un enfoque desmesurado hacia la independencia total. Lo ubicó en una remota colina, a kilómetros de Santiago, Chile. Sin electricidad, sin agricultura convencional y, por supuesto, sin tecnologías modernas, Beavan y sus seguidores se embarcaron en un "experimento" para vivir al margen de la sociedad y, supuestamente, demostrar un punto. Parece más una movida para mostrar lo "virtuosamente autosuficientes" que podían ser al evitar el progreso. Es como si quisieran demostrar que el regreso a una era primitiva puede ser una contestación efectiva al presente. Pero lo que obtuvieron fue un testimonio de lo que sucede cuando se ignoran las comodidades de la vida moderna.
Algunos lo llamaron un acto de valentía. Pero también podríamos llamarlo una curiosa forma de necedad. Cuando la calefacción central, el Wi-Fi, y la compra de alimentos se convierten en pecados, uno no puede evitar preguntarse por qué. Está claro, Emilio Beavan no fue el primero, ni será el último, en intentar convertir en un mito su propia forma cuestionable de vivir.
Entonces, ¿por qué la colina fue tan famosa? Bueno, primero, el proyecto atrajo la atención de los medios, en gran parte porque Beavan había sido un candidato político con una retórica inusualmente polémica. Promovía ideas que desafiaban el establishment liberal, buscando—irónicamente—la libertad del sistema a través de la restricción. Así, este enclave se volvió un modelo de "resiliencia" alternativa, aunque bastantes cuestionan su efectividad real. Beavan, siempre con su característica sonrisa desafiante, parecía disfrutar el espectáculo mediático, promoviendo su comunidad hippie como símbolo de resistencia. Una resistencia que a menudo se traduce más como rechazo a los beneficios tangibles del progreso.
Muchos de sus seguidores, que por algún tiempo se identificaron como activistas medioambientales, se encontraron detrás de una realidad difícil de mantener. Las cuatro estaciones, los retos del clima, y el suelo infértil poco perdonaron sus visiones idealizadas. Rápidamente se dieron cuenta de que los sueños utópicos son difíciles de sostener cuando chocan contra la realidad dura del clima y el terreno. La agricultura fracasó y el agua escaseó. Es casi poético ver cómo intentaban recrear un reino que, como todos los reinos utópicos, se mantuvo tan sólo en el aire.
Pero, cuando la colina empezó a desmoronarse en sus mismos principios, los medios de comunicación afines se retiraron en silencio. Sin embargo, el espíritu de Emilio Beavan seguía adelante. Se unieron personas que encontraron en la resistencia a la modernidad una forma de reforzar sus narrativas personales, dejando de lado, por supuesto, las consecuencias prácticas de sus acciones. Todo esta ideología se va acumulando como hojas secas bajo el viento de una nueva era.
¿Por qué hablar de Colina de Beavan ahora? Porque sigue siendo un símbolo de cuán lejos puede ir el desprecio al sentido común en favor de la llamada resistencia. Representa la voz incómoda que se alza en momentos de incertidumbre, la negación arrogante de que el progreso no siempre es un enemigo a vencer. En esa colina, confusamente exhibida como una ilustración de libertad, se revelan los límites de negar la limpieza urbana y el acceso a la tecnología, elementos en los que gran parte del mundo civilizado ha puesto su fe y su preferencia. Puede que para algunos solo sea una anécdota curiosa, pero, para quienes piensan diferente, es una advertencia crucial que no debe pasarse por alto.
Las comunidades como Colina de Beavan despertaron el interés de un segmento consistente de personas que desean un cambio sin comprometer lo que han logrado los avances tecnológicos. Sin embargo, ese complejo papel, llevado al límite por figuras como Beavan, invita a reflexionar sobre qué verdaderamente representa ser independiente, y si ese ideal es sostenible a lo largo del tiempo.
Es una lástima que lo que podría haber sido un proyecto audaz se convirtiera, en su esencia, en una prueba más de que ciertas ideologías, cuando se llevan al extremo, producen poco más que sueños desperdiciados en las colinas de la realidad. Como sociedad, es crucial recordar que saltar de las comodidades del progreso con los ojos vendados sólo nos hace, una vez más, tropezar con los mismos errores del pasado.