Si crees que la educación no puede ser más ineficiente, te trae malas noticias. La "Clase UTA 70" es el nuevo ejemplo de cómo el sistema educativo puede patinar en circo y aún seguir cobrando la entrada. Fue en 1970 cuando el gobierno de turno en México lanzó un modelo educativo que sería la envidia de cualquier pesadilla burocrática.
¿Dónde? En la Universidad Autónoma de Tamaulipas, una alma máter de respeto, que esta clase convirtió en un circo de tres pistas. El objetivo era, al menos en papel, democratizar la educación, pero lo que ocurrió fue una saturación y pérdida de calidad que, hasta el día de hoy, estamos intentando remediar. La pregunta del millón: ¿era necesario sacrificar tanto para tan poco?
Por qué, te preguntarás y las respuestas son tan bizantinas como podrías imaginar. Empecemos por el fiasco de las becas. Eran reguladas con la misma eficiencia que un gato tratando de organizar papeles en una oficina. No se sabía a dónde iban ni a quiénes ayudaban realmente. Había tantos estudiantes sin méritos aparentes que la calidad de la enseñanza se diluía como una bolsa de té en una piscina olímpica.
El profesorado, siempre a la sombra de estas decisiones, se encontraba batallando con clases repletas de estudiantes que más parecían alejarse del conocimiento que acercarse a él. Imagínate al experimentado catedrático tratando de inyectar sabiduría en aulas con más sillas que cerebros despiertos.
Este sistema también introdujo cambios en los programas de estudio, aparentemente para alinearlos con las necesidades del país. Sin embargo, cuando gobierno y necesidad real van de la mano, el resultado es un Frankenstein legislativo. Podrías ver Cálculo I siendo enseñado a futuros artistas plásticos. Claro, porque un lienzo siempre se ve mejor con coordenadas X, ¿verdad?
Dentro de este marco, también se generó una competencia por recursos que podríamos calificar de caótica. Imagina a los administradores educativos siendo saltimbanquis, tratando de obtener fondos de una cascada de burocracia que nunca cesa. En la práctica, esta competencia se tradujo en menos recursos para proyectos vitales y una drástica reducción en innovación e investigación.
Y si te gustan las paradojas, espera a escuchar la siguiente: el mismo gobierno que pretendía democratizar la educación limitó el acceso a programas de postgrado internacional. Al parecer, la mentalidad era conformarse con lo local a cualquier costo. Pero claro, ¿para qué cultivar el talento si puedes mantenerlo enjaulado y subutilizado?
Hablemos ahora del legado y de qué manera esta política ha afectado al país. La frágil economía local absorbió a una generación de profesionales carentes de preparación robusta; lo que buscaban era trabajo rápido, sin mirar atrás. Por supuesto, las estadísticas de empleo mejoraron, pero la calidad de los servicios decayó considerablemente. Tomó años recuperar algo de esa movilidad social que, en sus tiempos dorados, llenaba de orgullo a Tamaulipas.
La pregunta que todo esto nos deja es: ¿realmente avanzamos o más bien retrocedimos? El precio pagado por esta "democratización" educativa fue demasiado alto. No podemos rendir culto a metas loables cuando los medios para alcanzarlas son atroces.
Así que aquí estamos en un país que siempre parece estar listo para dar el siguiente paso, mientras que las políticas pasadas nos tiranizan el andar. Si algo nos enseña la historia de la "Clase UTA 70" es que el adoctrinamiento estatal en materias educativas es típico, pero rara vez útil. Porque nuestro deber como ciudadanos responsables es garantizar el futuro de nuestra juventud sin pintar sobre papel mojado.