La historia es un testigo del ciclo eterno de la economía llamado "Ciclo de Wilson", donde el ímpetu del crecimiento económico se mueve como un reloj y deja a los soñadores progresistas preguntándose por qué sus fantasías utópicas nunca terminan de funcionar. Arthur F. Burns, en 1946, identificó este ciclo al estudiar la comportamiento económico de los Estados Unidos a lo largo de más de un siglo. El "Quién", se refiere a un economista radicalmente pragmático que veía las cosas como eran, no como algunos querían que fueran. El "Qué" del ciclo implica la oscilación entre las fases expansivas y contractivas de la economía. El "Dónde" es cada rincón del mundo capitalista, y el "Por Qué" es tan simple como el deseo humano de prosperar, enriquecerse y, a veces, tropezar por un exceso de confianza y falta de planificación adecuada.
El sueño de una economía de lánguidos resultados controlada desde un gobierno central ha fallado debido al enérgico y caprichoso ciclo que no perdona alianzas perezosas con la ideología socialdemócrata. Apenas se intenta suplantar la mano invisible del mercado con fórmulas mágicas intervencionistas, el ciclo se manifiesta feroz, enseñando las lecciones imperecederas del libre mercado.
Durante los periodos de expansión económica, la innovación, el ingenio y el emprendimiento apenas conocen límites. Es el capitalismo, es el individuo generando riqueza, creando oportunidades, multiplicando el empleo. Nadie obliga a la persona a innovar, es la misma dinámica del mercado, el propio incentivo del lucro, el que espolea la avanzada humana.
Cuando el ciclo entra en recesión, los desesperados vuelven a los clichés: "el capitalismo ha fallado", susurran entre las sombras. Sin embargo, es precisamente en estos momentos en que se ajustan los excesos y se purgan las ineficiencias. Cada crisis, cada recesión, es una oportunidad para examinar las debilidades de estructuras empresariales anquilosadas y destruir los monopolios viciados que algunos adoran montar en nombre del bien común.
La incómoda verdad que estos ciclos muestran es que el progreso no se puede legislar en un buró, no se erige infraestructura en base a promesas vacías. Las economías no crecen porque los burócratas lo decreten, sino porque hay individuos arriesgando capital, confiando en la libertad de mercado, y ajustando sus estrategias a medida que las condiciones cambian.
Decenas de naciones han intentado resistirse al ciclo de Wilson, solo para encontrar que la intervención excesiva produce un efecto contrario al deseado. País tras país, aquellos que han prosperado son los que han permitido que el ciclo siga su curso, dejando que la cura del mercado cure las herida del mercado.
Hay que admitir que este ciclo no dicta ni justifica el caos desenfrenado. La responsabilidad fiscal y las políticas monetarias sólidas son todavía fundamentales para amortiguar las crisis inevitables. Estas no se consiguen con impuestos exorbitantes ni controlando los precios o distorsionando los incentivos. La genuina regulación que una sociedad necesita es aquella que asegura que los mercados puedan operar libremente, y que las reglas del juego sean claras y justas para todos los jugadores del tablero económico.
Howard Wilson, aunque sin tener una biografía extensa, sería alguien seguro de que sus ideas originales no pretendían destruir al gigante de la regulación gubernamental. Al contrario, lo que se necesitaba era un entendimiento claro y honesto de cómo funciona nuestro mundo cuando se dejan florecer tanto las fuerzas del ciclo económico como las habilidades humanas en un marco de libertad.
Irónicamente, este ciclo nunca será famoso entre los grupos que favorecen un estado paternalista porque precisamente socaba el argumento de que el Estado debe protegernos de nosotros mismos. Los que critican el ciclo de Wilson olvidan que ha sido la columna vertebral de todas las épocas prósperas en la historia reciente, desde el auge industrial hasta la revolución digital que seguimos viviendo hoy.
Negar los inevitables altibajos del ciclo de Wilson es cómo pretender tapar el sol con un dedo. Este fenómeno no solo explica por qué las burbujas económico-financieras nacen y caen, sino que también da cuenta de por qué el ideal del capitalismo a menudo resulta en un mejor estándar de vida que cualquier alternativa centralizada que se haya concebido.
Recordemos que, a lo largo de los ciclos, hay un denominador común: la capacidad humana de adaptarse, reinventarse y prosperar a pesar de los altibajos. Mientras otros ven caos, los que realmente entienden el ciclo de Wilson ven oportunidades inigualables. Los liberales podrán quejarse y clamar por reformas imaginarias, pero la realidad es que el ciclo continuará, y así debe ser, mientras quienes entienden el valor de la libertad económica sigan innovando.