Chitra Ramaswamy podría ser un nombre que despierte la fantasía de ser una prominente activista o una incansable promotora del cambio, pero ¿realmente conocemos sus verdaderos colores? Nacida en el Reino Unido y con raíces indias, Ramaswamy ha hecho su trinchera en el mundo del periodismo y la escritura. Tal vez la volviste a reconocer por sus colaboraciones con The Guardian en artículos rebosantes de retórica progresista y forzados gritos de justicia social destinados a invocar un cambio abstracto y, a menudo, difuso. Activa desde principios de la década de 2000, Ramaswamy ha sido una voz constante en el panorama de los medios británicos, ofreciendo una perspectiva con la que discrepar no debería ser ilegal, aunque ciertas narrativas te lo hagan sentir.
¿Qué es lo que transforma a Ramaswamy en una figura tan polémica? Bueno, su propensión a embellecer cualquier cuestión sobre género, raza y desigualdad puede ser hecho. Ella adopta esas líneas tan progresistas —las mismas que a menudo parecen regurgitarse en los círculos ideológicamente afines— y les da vueltas en un ciclo interminable de teorías. No verás que Ramaswamy deje escapar una oportunidad para hacer llegar su agenda, con un tono que hace perder la paciencia a más de uno. La elite urbana la celebra como una voz valiente, pero a muchos no convence sus estériles narrativas de opresión.
Es en sus obras como "Expecting: The Inner Life of Pregnancy" donde realmente despliega sus sensibilidades y explora experiencias personales bajo un lente a menudo: esperábamos algo menos predecible. Mientras tejer sus propias experiencias como madre pudo haberle dado cierta cercanía al público lector, lo que deja es una reiterativa exposición de ideas más bien obvias sobre cómo las mujeres enfrentan la maternidad en una sociedad moderna que ya hemos oído antes.
Y si pensaste que Chitra podría frenar su agenda política más allá del papel, piénsalo otra vez. La diversidad y la inclusión parece ser la canción favorita de Ramaswamy al ritmo de lentejas con cúrcuma, por llamarlas de alguna manera, presentando una imagen de la sociedad británica como si estuviera atrapada en una mezcolanza interminable de opresión sistémica que solo ella -y los que piensan como ella- pueden solucionar.
Quizás sea su falta de introspección sobre el impacto de sus palabras lo que provoque el eco inevitable de una burbuja inclusiva de la que pocos realmente querrían formar parte. No es raro toparse con columnas de opinión que suenan como un panfleto activista donde la reciprocidad de una discusión abierta y diversificada es relegada en lugar de exaltar la voz de experiencia en un modo casi reverencial.
Ramaswamy tiene la habilidad de exacerbar y desentrañar con destreza las fibras más sensibles de la estructura social actual, al tiempo que lanza dardos envenenados aderezados de sarcasmo. Mientras al otro lado del espectro se sienta la gente común, los que viven el día a día intentando mantenerse a flote lejos de las torres de marfil donde Chitra toma té mientras escribe una columna vehemente sobre los males del Brexit.
El problema no es solo lo que se dice, sino cómo se dice, o mejor aún, cómo se evita invitar al diálogo. Su propensión a no dejar que nadie vea más allá de su telón de acero del elitismo intelectual okupa un espacio que deberían ocupar quienes estén dispuestos a dialogar más que a dictar. La pasión es contagiosa, pero también lo es el dogmatismo ciego. En ese sentido, Ramaswamy es una maestra en confundir lo primero con lo segundo.
Si bien los comentarios abiertos siempre son bienvenidos, lo que necesitamos son tonos constructivos que vayan más allá del sermón unidireccional. Que alguien sea tan vehemente no debe ser erróneo, aunque choca con todo lo que sostiene tener un amplio espectro de puntos de vista. Chitra Ramaswamy, aunque muy respetada, ofrece más de lo mismo de aquellos que no están dispuestos a aceptar un 'no' por respuesta.