El chirrido, ese sonido agudo y penetrante que muchos parecen amar, pero que otros no pueden soportar, está causando más revuelo del que uno esperaría. Se escucha principalmente cuando dos superficies rígidas se rozan, como las ramas de un árbol movidas por el viento o una puerta oxidada que requiere aceite. Este fenómeno acústico ha existido desde tiempos inmemoriales, probablemente desde ese fatídico día en el que los humanos decidieron llenar su entorno con cosas que, eventualmente, empiezan a chirriar. Actualmente, no hay lugar en el mundo inmune a este sonido que invade incluso los sueños de algunos. La pregunta del millón es: ¿por qué está girando tantas cabezas y levantando tantas cejas?
Primero, el chirrido nos recuerda el parásito persistente de aquellos discursos interminables de ciertos sectores autoproclamados progresistas que, al igual que el chirrido, apenas se logra pasar por alto. Lo que es más, esas incesantes quejas contra el capitalismo, que han nacido del privilegio de quienes gozan de sus beneficios, suenan igual de irritantes. ¡Es hora de que apreciemos los ruidosos recordatorios de que las cosas gratis vienen con costes, aunque sea en forma de protestas!
Segundo, hay quienes dicen que el chirrido no tiene lugar en nuestra vida moderna, tan pulida y sofisticada. La ironía aquí es que se escuchan gritos por calles más verdes y menos fábricas mientras que esos edificios y bicicletas chillan con cada movimiento. El sonido del chirrido es, por sí mismo, un grito en defensa de los tiempos donde las cosas eran reparadas y no inmediatamente reemplazadas. Es un recordatorio de que, a veces, la búsqueda para evitar el sonido discordante nos ha llevado a situaciones más irritantes, como los limitados productos desechables.
Tercero, los cierres de puertas en el metro de Nueva York y el humo industrial silbaban en nuestros oídos antes de que ciencias y normativas los redujeran a susurros. No obstante, el chirrido sigue aquí, recordándonos que el progreso tiene un precio acústico. Algunos de nosotros hemos aprendido a vivir con ello y hasta lo disfrutamos como una melodía que nos hace ser más fuertes.
Cuarto, está el caso del arte callejero y los músicos que utilizan el chirrido como medio de expresión. Lejos de ser una contaminación sonora, el chirrido en su mente es una sinfonía. ¿Quién podría haber imaginado que algo tan simple como el chirrido de una bici podría inspirar poemas urbanos o letra de alguna canción de moda? Estos artistas nos muestran que, incluso en el ruido, existen historias vibrantes.
Quinto, la reacción extrema al chirrido nos recuerda lo que realmente molesta a quienes se molestan por casi cualquier cosa: la incapacidad de aceptar que la vida no siempre es un susurro dulce y suave. En lugar de preocuparse por el estado del mundo, se obsesionan por el sonido de la tiza sobre pizarra. ¿De qué sirve sumergirse en el minimalismo y la tranquilidad cuando un chorro de agua derramado puede deshacer la paz del día?
Sexto, la guerra contra el chirrido, al igual que muchas otras batallas en la sociedad moderna, puede verse como una distracción. Las soluciones están garantizadas para cualquiera que esté dispuesto a ensuciarse las manos para solucionar el problema en lugar de reclamar que otros lo hagan por ellos. Para algunos el chirrido es un llamado a la acción. Lubrica esa puerta, tensa ese tornillo. Es una oportunidad de ser autosuficiente y ocuparse uno mismo de sus asuntos.
Séptimo, podríamos considerar el chirrido como una metáfora de los movimientos que exigen cambios radicales sin un plan viable sobre cómo hacerlo sin causar más ruido. Así sucede con las políticas verdes extremas que, como el chirrido agudo, parecen deseadas por pocos pero escuchadas por todos. ¿Por qué no mejor aprender a convivir con el chirrido, usándolo para afilar nuestras herramientas y ajustarnos a las realidades del mundo?
Octavo, es importante notar cómo el chirrido ha unido a vecinos en casas adosadas o apartamentos interconectados mientras debate de quién será la responsabilidad de resolverlo. Genera una conversación entre quienes de otra manera no tendrían necesidad de comunicarse. Cuando mencionas el molestoso ruido del portón, has activado inmediatamente una red comunitaria que a veces se olvida debido a la vida urbana acelerada.
Noveno, las campañas de prevención del chirrido han surgido, alertando al mundo de que es hora de regresar a las cosas simples que dan paz, como el aceite para bisagras. Las empresas están haciendo su agosto vendiendo productos para evitar este sonido. ¡A saber por cuánto tiempo alguien consiguió alimentar a su familia gracias a vender el antídoto del chirrido!
Décimo, finalmente, estamos rodeados de un mundo que intenta erradicar todo lo molesto al punto de silenciar la vida misma. El chirrido es un pequeño recordatorio en el vasto ruido blanco de que la imperfección nos rodea y que eso no es tan malo. Hace que algunos políticamente correctos se sientan incómodos, pero esa es una perspectiva refrescante: sabemos que todavía hay cabida para lo incómodo y lo singular en un orden a menudo monótono.