Chicas de Cómics: La Nueva Forma de Propaganda Cultural

Chicas de Cómics: La Nueva Forma de Propaganda Cultural

¡Quién lo hubiera pensado! Los cómics, hobbie inocente de muchos, se han convertido en un nuevo escenario para la propaganda cultural. La transformación de los personajes femeninos en las viñetas ha levantado más de una ceja.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¡Quién lo hubiera pensado! Los cómics, hobbie inocente de muchos, han pasado a ser el nuevo campo de batalla cultural. Desde el momento en que las chicas empezaron a destacar en las viñetas, una especie particular de agenda ideológica salió a relucir. En los últimos años, los cómics han sido partícipes de una transformación radical que comenzó a principios del siglo XXI en las ciudades más liberales de Estados Unidos como Nueva York y San Francisco. ¿Por qué? Elemental: la constante insistencia de los creadores de contenido por representar una inclusividad a ultranza que termina por sentirse forzada.

Primero, hablemos de los personajes femeninos transformados. Antes, las heroínas eran fuertes, atractivas y con un sentido claro de la justicia. Sin embargo, en un afán de “modernización”, muchas de estas mujeres han sido reescritas para encajar en una narración más bien politizada. Ahora, no son solo heroínas; son símbolos que pretenden adoptar roles y características que distan bastante de las originales. ¿Qué pasó con la originalidad y la creatividad? Resulta que, cuando pretendes agradar a tirios y troyanos, terminas por perder el norte y ofrecer una versión edulcorada e irreal.

Tomemos como ejemplo a Batwoman, que en la serie de televisión fue retratada siendo lesbiana, como si este hecho fuera el mayor logro y enfoque de su existencia. La esencia del personaje queda en segundo plano para dar cabida a una insistencia de ajustarse a una agenda de diversidad que más parece una receta prefabricada. Esto nuevamente plantea una pregunta: ¿es así como queremos que sean nuestras heroínas? Persiguiendo una causa más política que personal. La narrativa se vuelve aburrida cuando la protagonista está menos involucrada en salvar el mundo y más en enseñar moralejas sociales.

Luego tenemos a Kamala Khan, la Ms. Marvel de ascendencia pakistaní musulmana. Ella se presentó como un soplo de aire fresco al principio, pero rápidamente se convirtió en lo que muchos ven como un estandarte de representación más que en un personaje profundo. La continua reiteración de su religión y etnicidad, cuando antes solo se destacaba la valentía y decisión del héroe, hacen que uno se pregunte si la industria del cómic busca entretener o adoctrinar.

No olvidemos el caso de la popular Harley Quinn, quién de ser una villana icónica al estilo clásico de DC, ha pasado a un plano más feminista. Harley dejó de ser el reflejo de una relación disfuncional con el Joker, para convertirse en una representación de la independencia femenina tan exagerada que parece más un panfleto político que una evolución del personaje. Es difícil imaginar a un personaje como este, que surgió como antagonista puro, cambiando su esencia solo para alinearse con nuevas normas culturales.

Es en estos casos donde muchos lectores toman una postura crítica y no aceptan este curso de las historias. Los verdaderos aficionados al cómic buscan tramas originales y personajes con características definidas, no variantes de una misma historia que parecen forzadas y previsibles. Lo cierto del caso es que al centrarse demasiado en el aparente avance de estas figuras femeninas, las editoriales pierden de vista lo que verdaderamente vendía en los cómics: la emoción, la fantasía, la creatividad pura sin segunda agenda.

Es como si los autores creyeran que la única manera de empoderar a las mujeres es mediante un discurso único y políticamente alineado. ¡Qué falta de imaginación! Es casi irónico que en un medio con tanto potencial creativo, decisión tras decisión intenten rehacer personajes en mercados ultrapolitizados en lugar de crear nuevas heroínas desde cero, con historias frescas y menos moralizantes.

Al final, resulta que la obsesión por ser políticamente correctos está poniendo en peligro lo que hacía a los cómics tan atractivos en primera instancia: personajes tridimensionales con historias cautivadoras. Sería ideal que, en lugar de repintar lo existente, se apostara por la innovación genuina, sin meterse con lo que ha funcionado durante décadas. Quizá es hora de que volvamos a lo básico y recordemos que en cada panel de cómic, el verdadero objetivo es entretener y capturar la imaginación; el resto, debería ser secundario.