Resulta fascinante cómo un caso legal puede polarizar a toda una sociedad. Chester v Afshar es uno de esos casos que, al igual que un taquillazo de Hollywood, entretiene e irrita en igual medida. En 2004, en la serena sala del Tribunal del Reino Unido, se desarrolló este caso peculiar. El señor Chester, el demandante, se sometió a una operación quirúrgica en su columna vertebral bajo la supervisión del reputado doctor Afshar. Sin embargo, había un pequeño inconveniente: el doctor no advirtió al paciente sobre un riesgo de daños neurológicos que, aunque pequeño, era significativo. El resultado, uno de esos pocos casos malogrados, el señor Chester sufrió daños luego de tan desafortunada operación.
Call me crazy, pero la responsabilidad personal parece un concepto olvidado cuando hablamos de este tipo de decisiones judiciales. Chester, como cualquier adulto razonable, fue informado del procedimiento al que se sometía, pero la cuestión del aviso del riesgo —un tecnicismo para algunos— fue el factor decisivo. La corte, en su infinita sabiduría, decidió castigar al doctor Afshar por no advertir a su paciente de un riesgo que todo procedimiento quirúrgico tiene en mayor o menor medida. Un precedente legal creado por un tecnicismo donde la única víctima parece ser la lógica.
Uno pensaría que la responsabilidad de nuestras decisiones todavía es nuestra, pero este caso plantea una preocupante excepción. En lugar de considerar la negligencia médica como un atropello a la práctica esperada, aquí se ha transformado en una especie de cheque en blanco respaldado por un fallo judicial que desdibuja el significado del consentimiento informado. En un mundo donde se premia más el ser “ofendido” que la sensatez, el doctor Afshar se convirtió en un ejemplo de lo que pueden hacer un par de tecnicismos legales en manos expertas.
Lo curioso de Chester v Afshar es cómo ha sido interpretado. En 2023, posiblemente encaminados a un entorno cada vez más litigioso, aún se estudia cómo este caso se ha convertido en un modelo de referencia para futuras decisiones judiciales. Abogados en todas partes aprovechan para recordar a sus clientes que la información es poder, pero ¿es justo que la responsabilidad recaiga siempre en los hombros de un solo lado?
Mientras unos festejan este tipo de fallos como un avance en los derechos del paciente, otros vemos una puerta abierta para una cascada interminable de demandas donde el espacio para el juicio humano y el error se reduce a cero. Y aquí radica el problema: al aplicar un razonamiento exageradamente protectivo se corre el riesgo de infantilizar a las personas, y lo que es peor, de generar precedentes donde la justicia deja de ser imparcial para convertirse en un espectro de garantías irreales.
Dentro de los círculos más progresistas, encuentros como Chester v Afshar son vistos como victorias, propiedades exclusivas de quienes aman más la burocracia que la libertad. Sin embargo, para aquellos que todavía creemos en la decisión individual y la responsabilidad compartida, estos casos son golpes a la solidez de una estructura social que debe aprovechar la ley para garantizar la justicia, no para abrir la puerta a una oleada de litigios que busquen consecuencias económicas ventajosas.
Resulta paradójico que aclamentos, técnicos y complejidad jurídica se han convertido en normativos. A través de un prisma frío y calculador, el caso da para desarrollar miles de páginas de jurisprudencia. Pero desde un punto de vista más pragmático y conservador, estamos ante una erosión del sentido común. El médico cumplía con su tarea de acuerdo a los estándares de la práctica médica, un pequeño despiste y zas, condenado a pagar por un riesgo que es parte inherente de la intervención realizada.
Seguir avanzando en esta línea nos coloca en el borde de un colapso del sistema médico. Imaginemos a los cirujanos, estudiando manuales legales más que libros de medicina, cuidándose más de lo que una corte pueda decidir antes que del bisturí en sus manos. Y aunque puede parecer un comentario peyorativo, no nos engañemos, es una realidad. Chester v Afshar es un recordatorio sombrío de lo efímero que puede ser el sentido común en la jurisprudencia británica de nuestros días.