¿Has oído de un presidente que dio un giro de 180 grados en su carrera política y sorprendió a toda una nación? Chester A. Arthur, el 21º presidente de los Estados Unidos, es uno de esos raros personajes en la historia política que pasó de ser un fiel soldado del sistema de corrupción laboral a convertirse en un reformador audaz. Arthur asumió la presidencia en 1881 tras el asesinato de James A. Garfield. Ubicado en Manhattan, Nueva York, este líder republicano, nacido en Vermont, fue un abogado que contribuyó a transformar el panorama estadounidense de su tiempo. Todo gracias a su impulso para modernizar la función pública, luchando contra el mismo sistema del que una vez formó parte con devoción.
Primero, vamos a hablar del Chester A. Arthur que nadie esperaba. Antes de la presidencia, era conocido como un político al servicio de la 'máquina' del Partido Republicano, especialmente bajo el ala de Roscoe Conkling, un influyente senador de Nueva York. Como jefe del puerto de Nueva York, un puesto clave en esa era, Arthur garantizó que la 'máquina' obtuviera la lealtad y el dinero necesarios para sus operaciones. Arthur, quien parecía un peón de ese corrupto sistema de patronazgo, ¡terminaría por hacer justo lo contrario!
Un dato interesante: Arthur llegó al poder en un momento delicado para los Estados Unidos, pues el país acababa de pasar por décadas de expresiones políticas tumultuosas tras la Guerra Civil. Asumió la presidencia sin haber sido elegido directamente. Sin embargo, despreció las críticas y, en un acto de valentía política, apoyó la Ley de Reforma Pendleton de 1883. Esta ley fue un golpe al sistema de entregas de puestos públicos a cambio de favores políticos, asegurándose de que los empleos se otorgaran en función del mérito y no a dedo.
Los grandes secretos de Arthur residen en sus posturas políticas aparentemente contradictorias. Aunque muchos pensaron que sería un títere sin remedio, traicionó hábilmente las expectativas de los conservadores más maquiavélicos. La gente común, aquella que siempre sufre los estragos del 'big government', se llevó una grata sorpresa cuando Arthur priorizó el interés nacional y la eficiencia sobre el favoritismo político.
Uno de los ejemplos más notables de Arthur era su visión sobre las tarifas aduaneras, un tema crucial en la época. A diferencia de los demagogos que explotan los aranceles como armamento político, Arthur trató de encontrar un equilibrado medio en este conflicto, propiciando el comercio en lugar de frenar la economía bajo la bandera del proteccionismo.
En cuanto a los derechos civiles, Chester A. Arthur rompió esquemas. A pesar de pertenecer al partido que muchos consideran hostil a la causa, Arthur hizo esfuerzos valientes para proteger a los afroamericanos en el sur, aunque no todo lo que hizo fue perfecto. Sus acciones en este sentido sirvieron para mostrar que no todos los de su partido son un monolito. Al final del día, sus críticas le acusan lo mismo que a cualquier político de prometer más de lo que podía, pero nadie puede fingir ignorar sus intentos genuinos.
Además, bajo su mandato se renovó la Marina de los Estados Unidos con una acertada serie de políticas que impulsaron la construcción y modernización de una flota obsoleta. Arthur entendió lo que muchos de sus contemporáneos ignoraban: en un mundo cada vez más interconectado, la defensa nacional no podía retrasarse.
La vida personal de Arthur, con sus matices y tragedias, añade una dimensión humana a su figura política. Su esposa, Ellen Lewis Herndon Arthur, murió de neumonía poco antes de que él asumiera el cargo de vicepresidente, dejando a Arthur como viudo antes de la presidencia. Es bien conocido que tenía un japonés como chef y que disfrutaba de casas hermosamente decoradas y de la moda. Este detalle, por más pintoresco que parezca, nos permite vislumbrar su lado personal, ayudando a justificar su apodo como el "Presidente Elegante".
La historia de Arthur es un recordatorio invaluable de cómo los actos y las decisiones pueden definir a un político más allá de sus afiliaciones y del previsible 'status quo'. Nos recuerda, con descarada franqueza, cómo a veces el cambio genuino puede venir de donde menos uno lo espera, y también que no se necesita ser un guerrero liberal para desafiar las normas establecidas en favor del bien común. Sólo se requiere de un hombre con valores y determinación suficiente para hacer lo correcto, independientemente de las etiquetas políticas.