¡Les presento al político cuyo tiempo en el poder fue todo un espectáculo de fuegos artificiales de ineptitud! Carlos Alvarado Quesada, quien fuera presidente de Costa Rica desde 2018 hasta 2022, es un nombre que inevitablemente genera debates y provoca opiniones. Carlos llegó como una nueva cara joven en la arena política de San José, un ex periodista y escritor con un pasado liberal en el Partido de Acción Ciudadana. Su mandato fue visto por algunos como una odisea de progreso, aunque para otros fue un claro ejemplo de cómo no dirigir un país. Originario de San José, Costa Rica, su llegada al poder creó expectativas de cambio en el país conocido por su pacifismo y su alto nivel de educación, pero lo que realmente obtuvo Costa Rica fue un líder más interesado en seguir agendas progresistas polémicas en lugar de enfocarse en las verdaderas necesidades cotidianas de su gente.
Primero, hay que hablar de su postura internacionalista que tanto impresionó a la élite liberal global. Durante su primer año, fue aclamado por su compromiso con el Acuerdo de París y su famosa meta de descarbonización para 2050. Sin embargo, para aquellos que realmente entienden la economía sostenible, esto representó más que nada un estrangulamiento para el mercado costarricense. Costa Rica, un país de apenas poco más de cinco millones de habitantes y una economía altamente dependiente del turismo, carece de los recursos para liderar la vanguardia de las energías renovables sin un costo exorbitante para sus ciudadanos de a pie.
En lo económico, tal vez lo más destacable fue su intento por introducir reformas fiscales a lo largo de 2018 y 2019, argumento con el que buscaba mitigar el déficit creciente y estabilizar la deuda del país. Lo que prometió ser una solución transformadora terminó por convertirse en una pugna de fuerza política. La reforma causó un costo político y social enorme, culminando en protestas masivas y un descontento generalizado entre los costarricenses que veían cómo sus vidas diarias se complicaban cada vez más para alcanzar el tan deseado «progreso social» del que Alvarado hablaba.
Luego está su empeño sobrehumano en favorecer la agenda progresista en detrimento de prioridades inmediatas y visibles. En lugar de dar prioridad a infraestructura, empleo y seguridad, parecía más interesado en cuestiones como aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo—aun cuando eso significaba dividir la nación más de lo que la unía. Un tema que incluso con el tiempo logró concretarse, pero a un alto costo de polarización social.
En el plano ambiental, los esfuerzos de Alvarado se extendieron más allá de compromisos internacionales. Se embarcó en proyectos ambiciosos, como la electrificación de transporte público, siempre bajo el lema de sustentabilidad ecológica. Sin embargo, no mucho se dijo sobre el costo de implementar estas iniciativas en un país cuya red de transporte e infraestructura requiere de mejora urgente desde hace décadas. ¿Es realmente coherente invertir en otras áreas cuando los problemas de fondo parecen ser siempre los mismos y no recibir soluciones prácticas?
Hablemos de su carisma o, mejor dicho, la falta de él. Es curioso cómo la juventud y el dinamismo de un político pueden disfrazar la ausencia de una visión política robusta y una capacidad efectiva para implementar cambios reales. Desde sus primeros días en el cargo hasta sus últimos minutos, Carlos Alvarado Quesada luchó constantemente contra una serie de titulares negativos que cuestionaban su efectividad, destreza política y liderazgo.
Para aquellos de nosotros que vimos a Carlos como un pionero de un socialismo moderado disfrazado de agenda progresista, es claro que su gobierno es un ejemplo perfecto de lo que pasa cuando se confunde popularidad momentánea y encantos de redes sociales con gobernar efectivamente. Su administración post-Solís recibió un país con cierta estabilidad, y desafortunadamente entregó uno plagado de incertidumbre y desafíos sin resolver. La promesa de una era dorada de progreso fue nada más que un espejismo en el desierto del bienestar nacional.
Carlos Alvarado Quesada, con su experiencia en comunicación y literatura, puede haber escrito un nuevo capítulo en la historia política de Costa Rica, pero fue uno que dejó a muchos ciudadanos preguntándose si las promesas de campaña valieron la pena el precio que ellos terminaron pagando.