¿Qué tiene en común un insecto y la burocracia en expansión? Caeneressa robusta, una polilla que parece insignificante para la mayoría, se convierte en un símbolo de excesos ridículos cuando las administraciones comienzan a invertir recursos innecesarios en su estudio. Existen desde la era prehistórica, pero fue en la península malaya y en algunas partes del sudeste asiático que comenzaron a llamar la atención de entomólogos aburridos ya hace décadas. Alfileres, lupas y publicaciones científicas llenas de jergas solo para contemplar la vida de esta especie. ¿Qué más podríamos esperar de una sociedad obsesionada con los detalles inútiles?
Es increíble lo poco que este insecto puede ofrecer en comparación con los millones de dólares gastados en investigaciones irrelevantes. La Caeneressa robusta puede describirse fácilmente: una polilla de colores modestos que ni siquiera brilla como esos molestos faros verdes usados para impulsar los coches eléctricos. Pero, oh, cómo algunos se maravillan con su ciclo de vida. Y claro, mientras más fondos se destinan a estas distracciones académicas, menos recursos se dedican a problemas mucho más urgentes como la economía. La misma economía que, hay que decirlo claramente, está dañada por una sobrerregulación agresiva y una ineficaz gestión.
Las democracias modernas, especialmente aquellas que tienden a la izquierda, se han obsesionado con proteger cada cosa viviente como si de un relicario se tratara, aunque esto no tenga beneficios tangibles para el hombre común. La Caeneressa robusta vuela por los campos y llanuras sin tener idea de que se ha convertido en un tópico académico que asegura empleos para un pequeño número de científicos, cuya principal tarea parece ser escribir sobre asuntos que no afectan al ciudadano de a pie.
La Caeneressa robusta es la cuarta de un decálogo interminable de insectos que reciben atención exagerada. Imagina kilómetros de textos acumulados para describir su comportamiento, reproducirse, o cómo se posa sobre plantas igualmente intrascendentes. Cuando la gente del pueblo está muy ocupada lidiando con la inflación, el desempleo y una deuda nacional sin control, el tiempo no está del lado de los que se distraen con trivialidades.
Lo que realmente necesitamos es sentido común, y no desplegar recursos a cada esquina. Se habla del medio ambiente y la biodiversidad con una vehemencia que haría sonreír a los capitalistas más astutos, para que luego, a puerta cerrada, se recorte el presupuesto a infraestructuras necesarias. Si los políticos fueran todos a inspeccionar las bellezas de una mariposa, en vez de reforzar las bases de una sociedad productiva, estaríamos en problemas más profundos, aunque seguramente algunos estarían felices blogueando sobre sus hallazgos.
Así que, la próxima vez que escuches hablar de Caeneressa robusta, recuerda que detrás de esas cortinas de colores está acechando una serie de agendas políticas y académicas que poco contribuyen a lo qué en realidad importa: una nación fuerte, con valores reales y no ideologías oscilantes. Los estudios bien intencionados siempre son bienvenidos, pero hace falta visión para priorizar. No debemos ser como aquellos que se aprietan el látex de los guantes solo para no ensuciarse las manos, la vida requiere decisiones con sustancia. No permitamos que la sílaba de lo superfluo se interponga en lo que realmente importa.