Vamos a hablar de una figura fascinante que sacudió el siglo XX y probablemente dejó a más de uno con la mandíbula en el suelo: Boris Souvarine. Este señor fue nada menos que uno de los fundadores del Partido Comunista Francés, un logro que podría hacer llorar de emoción hasta al más duro de la izquierda. Nació en 1895 en Kiev, cuando todavía era parte del Imperio Ruso, un detalle curioso considerando que más tarde rompería completamente con las políticas rusas. Su historia hace más giros que las historias de una novela bizarra.
Primero, la conexión crucial: Boris Souvarine no era un comunista cualquiera. En 1919, cuando se creó el Partido Comunista Francés, él estaba allí para darle vida. Más tarde, trabajó en la Comintern, la Internacional Comunista, que tenía como uno de sus objetivos expandir las ideas del socialismo a nivel mundial, o en otras palabras, la hoja de ruta hacia un mundo más "igualitario". Pero no todo lo que brilla es oro. Cuando Stalin subió al poder, Souvarine fue uno de los primeros en oler la podredumbre. No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en uno de los críticos más agudos de la dictadura estalinista.
En este top ten, que en realidad no será un top ten porque vamos a ser anárquicos, vamos a desglosar cada una de las partes más intrigantes sobre este hombre que decidió que serle fiel a sus principios valía más que seguir a ciegas a un líder. Algo más raro que un perro verde entre aquellos que pierden el sueño por no molestar a sus compañeros del partido. Si los liberales de hoy en día necesitan una lección, esta es: no vendas tu alma.
Primero, está el asunto de la Tercera Internacional, que parece más el título de una película que una organización política. Souvarine fue parte de esta estructura hasta que se dio cuenta de que era simplemente un instrumento del Kremlin para controlar a los partidos comunistas de todo el mundo. Hizo lo que para muchos de estos ideólogos suena a sacrilegio: renunció. En 1924, después de oler el tufillo totalitario que emanaba de los pasillos de Moscú, decidió que la libertad de pensamiento tenía más peso que cualquier dogma impuesto.
Segundo, su criticismo a la Unión Soviética fue profundo y documentado. Boris no se quedó en casa lloriqueando con un vaso de vodka. No, él se puso a escribir y publicar. Su obra más famosa, "Estalin", publicada en 1935, es un ataque frontal a la dictadura estalinista. Si viviera hoy, ahí lo verías, Blogueando o tuiteando sin descanso, encendiendo más llamas que un pirómano en una fábrica de fósforos.
Tercero, no se puede hablar de Souvarine sin mencionar su carácter. No era un hombre que se callase ante la injusticia. Seguro, debió haber perdido más "amigos" que una cuenta de Twitter desbocada. Solo que Souvarine no necesitaba seguidores para saber que estaba del lado correcto de la historia. Apostó por la verdad cuando la mayoría prefería cerrar los ojos. Si hoy día la cobardía abunda, aquí hay un ejemplo de valor ante un régimen despiadado.
Cuarto, no era solo palabrería, y esto lo hace un caso excepcional. Ayudo a crear "Le Cri des Peuples", un periódico dedicado a exponer la verdad sobre lo que ocurría detrás del telón de acero. Quinto, su crítica iba más allá de lo meramente político; atacó la corrupción moral y la idolatría. En un momento donde todo el mundo susurraba alabanzas a Stalin, aquí tenías a Boris gritando la verdad desde los tejados.
Sexto, te preguntarás si logró cambiar algo. Bueno, su legado sigue vivo, sus escritos ayudan a entender la naturaleza depredadora del totalitarismo, y eso no lo consigues sin haber vivido en las trincheras de la ideología. Séptimo, nadie pudo nunca acusarle de moderación. Souvarine fue radical en sus convicciones de que la libertad y la verdad son más importantes que la adhesión ciega. Te hace preguntarte qué harían hoy en día esos ideólogos que susurran dulcemente las consignas de sus líderes, ¿la cara al hacha? No es difícil imaginarlo.
Octavo, su influencia se extendió más allá de la política. Boris Souvarine fue una de las voces más articuladas no solo para los compañeros de su tiempo sino para aquellos que hoy se esfuerzan por entender los horrores del siglo pasado. Noveno, y quizás lo más intrigante, es cómo se le menciona de pasada en los libros de historia, como si su desafío de gigante fuera un pie de página.
Décimo, y para cerrar este recorrido por la vida de alguien que no trató de ser un héroe sino simplemente un hombre honesto, es que aún quedan lecciones de su legado. A diferencia de aquellos que cambian de chaqueta con cada nueva brisa política, Boris Souvarine nos muestra que la integridad no tiene precio, ni etiquetas de ideologías prefabricadas.