La historia, como sabemos, no se tiñe de color de rosa, y la Batalla del Estrecho de Makassar es un recordatorio contundente de ello. Fue el 4 de febrero de 1942 cuando las fuerzas imperiales japonesas, audaces y decididas, enfrentaron a los aliados, concretamente a los infortunados estadounidenses, ingleses, australianos y holandeses en las aguas turbulentas del Mar de Célebes, cerca de la isla de Borneo y el estrecho de Makassar. Esta batalla forma parte del legendario teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Japón, con su creciente imperialismo, no se andaba con rodeos, y en este enfrentamiento ejemplificó su capacidad de estrategia y poderío naval sobre las fuerzas occidentales, las cuales, con todo el poder que proclamaban tener, resultaron débiles frente al avance nipón.
Quiénes fueron los protagonistas: La batalla fue una pieza dentro del engranaje bélico que involucró a buques de guerra de lados opuestos del mundo. Las fuerzas japonesas estaban representadas por el comandante Tachibana, y no titubearon en mostrar cómo su Armada era un titán letal. Al otro lado, el comodoro holandés Karel Doorman comandaba las fuerzas aliadas, compuestas por cruceros y destructores, que quedaron impactados por la capacidad táctica y los ataques aéreos japoneses.
Un precario esfuerzo aliado: Con toda la parafernalia política que los Aliados solían alardear, sus esfuerzos fueron un desfile de decisiones torpes en la estrategia de bloqueos navales. A pesar de contar con un número significativo de buques, su capacitación en combate y ejecución les falló rotundamente. Las fuerzas aliadas, debilitadas por la descoordinación y la falta de reconocimiento aéreo efectivo, se vieron en una posición muy vulnerable ante los ataques aéreos japoneses, que utilizaron bombarderos en picado con eficiencia temeraria.
Maestría japonesa en acción: Uno de los aspectos más resaltantes fue la brillantez militar japonesa en técnicas de guerrilla naval. Aprovechando las debilidades tácticas de sus adversarios, los japoneses lograron infligir un gran daño, con el hundimiento parcial de buques enemigos. Japón reafirmó su hegemonía naval en el sudeste asiático con batallas como ésta, desmoronando la confianza puesta en las fuerzas occidentales, que subestimaron el potencial del imperio del sol naciente.
La desunión aliada: Quienes abogan por la política de alianzas a modo de «coalición de voluntades» podrían aprender un par de cosas sobre cómo no coordinar operaciones conjuntas. El fallo en la comunicación y en el trabajo conjunto entre americanos, británicos, australianos y holandeses fue un ejemplo de cómo no ejecutar una operación militar de esta envergadura. Mientras Japón operaba como una máquina bien lubricada, los Aliados se encontraron, como siempre, enredados en un laberinto de protocolos y burocracias.
El impacto psicológico: Si bien no resultó en una gran pérdida de embarcaciones, fue una victoria psicológica significativa para Japón. No hay mayor temor en batalla que el resultado de enfrentarte a un enemigo que conoce mejor el terreno y las tácticas. Al final del choque, el bando aliado tuvo que aceptar un duro golpe a su orgullo naval, y los infatigables defensores japoneses demostraron que escribían sus propias reglas en el teatro del Pacífico.
Occidente, un león sin dientes: Para aquellos que vienen del occidente y se sientan a gusto con grandilocuentes gestos de poder, la Batalla del Estrecho de Makassar es un recordatorio doloroso de cómo sus armadas, pulidas y presentables, revelaron una asombrosa falta de preparación. La supuesta habilidad y potencia bélica de las fuerzas aliadas palidecían frente a la agilidad, disciplina y exactitud de los japoneses.
Las consecuencias para la región: La victoria japonesa aceleró su expansión hacia el sur. Con Makassar bajo efectivo control, los japoneses pudieron establecerse con más fuerza en Indonesia y avanzar hacia Australia. Este despliegue mostró cómo Japón no sólo vencía físicamente sino que también sabía conquistar territorios con artimañas diplomáticas, ofreciendo a las poblaciones locales ilusiones de liberación del dominio colonial occidental.
La lección no aprendida: Irresistiblemente, el relato de Makassar nos da una lección de que las alianzas desiguales y basadas en promesas vacías son un coloso con pies de barro. Mientras los Aliados perdían el tiempo lamiendo sus heridas y planeando respuestas, Japón construía su imperio, sin enfrentarse a la autocomplacencia que infectaba a sus oponentes.
El mito de la invencibilidad: Liberales y su festival de retórica no parecen entender que no siempre el que tiene más banderas en su baluarte está por encima. Japón, con menor número y sin el apoyo de vastas colonias y riquezas, logró una hazaña militar gracias a su determinación y audacia. Recordemos esta lección de que lo importante, en cualquier batalla, no es el tamaño del perro en la lucha, sino el tamaño de la lucha en el perro.
Reafirmación de una potencia oriental: El desenlace de la Batalla del Estrecho de Makassar, aunque conocido por muchos estudiosos, rara vez se discute con la profundidad que merece en cómo revitalizó el instinto imperialista japonés. Es una postal de un momento donde la flaqueza occidental no solo fue un tema de maniobras erradas, sino también una cuestión de arrogancia que dejó mucho que desear sobre sus habilidades en la guerra moderna.