¿Quién necesita una moneda cuando tienes un saco lleno de "ayuda" estatal? Esa es la pregunta que muchos en nuestras sociedades modernas deberían hacerse. La "ayuda" es esa magia ilusoria que promete repartir el bienestar en cada rincón y te lo envían envuelto en el brillante paquete del Estado. Durante décadas, gobiernos en numerosos países han prometido proporcionar apoyo financiero, social y de todo tipo a quienes sienten que el sistema los ha dejado atrás. Esta dinámica se ha desplegado especialmente en los países desarrollados y en vías de desarrollo que buscan demostrar cuán preocupado está el gobierno por sus ciudadanos.
La "ayuda" estatal enciende un debate ardiente sobre su eficacia y moralidad. Claro, desde que Thomas Hobbes describió un mundo sin gobierno como una jungla, todos asumimos que el Estado debería intervenir cuando las situaciones se tornan difíciles. Pero, hablemos claro, ¿qué tan frecuentemente esta "ayuda" se traduce en una verdadera mejora de vida para aquellos que intenta ayudar? Los programas de bienestar social tienden a ser parches en un sistema que necesita cirugía. Año tras año, miles de millones se destinan a programas que prometen cambiar vidas, pero el resultado es a menudo una clase dependiente de trabajadores casi desechables en lugar de empoderados ciudadanos.
Hablar de "ayuda" en pleno siglo XXI obliga a referirnos al asistencialismo sin hablar del famoso 'Estado del Bienestar'. En teoría, el bienestar supo ser una noble batalla por la seguridad social y la estabilidad. En la práctica, cada vez más personas dependen del Estado para llenar sus refrigeradores y pagar sus facturas. Este nivel de dependencia no hace más que perpetuar un ciclo donde los ciudadanos esperan que papá gobierno lo solucione todo.
Para el defensor promedio de políticas más conservadoras, esta dependencia genera un problema grave. Cuando se promueve la idea de que el Estado es responsable de cada eventualidad, se niega la libertad personal. Se le niega al individuo la oportunidad de ser autosuficiente y desarrollarse en esta economía "de libre mercado". En una sociedad donde la "ayuda" se convierte en la norma, la virtud de ser más activo y crear oportunidades puede pasar a segundo plano.
Para quienes creen en incentivos personales y empresariales, la mejor ayuda que se puede ofrecer es un mercado libre, menos regulaciones, y un ambiente donde el emprendimiento pueda florecer. La competencia estimula la innovación y crea trabajo real, no coyuntural. Hacerlo de otro modo, es decir, depender de la dadiva estatal, transforma sociedades enteras en cautivas de políticas gubernamentales. En lugar de invertir en una cultura del esfuerzo y la motivación, se invierte en programas desalentadores e insostenibles.
Un territorio de particular interés es cómo la "ayuda" influye en los inmigrantes que llegan buscando mejores oportunidades y se convierten en beneficiarios automáticos de los programas de bienestar. ¿Alguna vez pensaron cuántos emigran en búsqueda de "ayuda" en lugar de oportunidades? Acá está el problema; en algunos casos, esas oportunidades se convierten en interminables cheques de ayuda financiados por contribuyentes diligentes.
Por otra parte, los innumerables escándalos de fraude asociados a estos sistemas no son accidentales. Cuando el incentivo de trabajar para subsistir es reemplazado por lo que puedes sacarle al sistema, se incentivan las malas prácticas que todos dicen querer combatir.
Estados Unidos, país referente para muchos, ha visto de primera mano cómo los intentos de "ayuda" han explotado presupuestos y mermado incentivos de productividad. La "ayuda" estatal ha sido el arma favorita de muchos políticos en su intento de captar votos, prometiendo el mundo pero ofreciendo cicatrices en la estructura fiscal.
Al final, la "ayuda" es solo otra palabra genérica que deja que creamos que el gobierno está en nuestra esquina. Pero, honestamente, todo lo que hacen es dejar a los individuos en la esquina de la dependencia. Una auténtica transformación está en la mano de los individuos, en su habilidad para transformarse y elevarse. Aquellos que prefieren caminos alternativos entienden que cuando la "ayuda" de arriba define el futuro, lo que se obtiene es una sociedad expectante, no una que aspira a obtener más por sí misma.