Si piensas que los correos electrónicos y mensajes de texto son las únicas formas de comunicación escritas que tienen relevancia hoy en día, te estás perdiendo de un mundo de historia fascinante: el Ars dictaminis. Este arte retórico, cultivado principalmente durante la Edad Media, fue la forma en la que los intelectuales, los clérigos y la élite de la sociedad manejaban el vertiginoso mundo de la diplomacia y administración a través de cartas. A diferencia del desinterés con que se maneja hoy el lenguaje, el Ars dictaminis ponía énfasis en la estructura, el decoro y la persuasión, valores que algunos querrían ignorar en la odisea de la simplificación progresista de todo.
¿Quiénes lo practicaban? Principalmente los clérigos y nobles de la Edad Media, quienes reconocían el poder de una carta bien escrita. En medio del caos político y social de la época, ellos sabían que una misiva bien estructurada podía lograr más que mil espadas.
¿Qué era exactamente el Ars dictaminis? La práctica de escribir cartas siguiendo un protocolo estricto, algo que, considerando nuestro tono cancino de comunicación digital, podría parecer absurdo. Sin embargo, tener esa destreza significaba acceso a la influencia, y ¿quién no prefiere el poder?
¿Cuándo floreció? Principalmente en los siglos XI al XIV, en un tiempo cuando la palabra escrita era un signo de erudición y poder. No solo era comunicación, era todo un espectáculo.
¿Dónde se desarrolló con mayor fuerza? En Italia y Francia, epicentros de una cultura que también le dio al mundo el arte, la arquitectura y la ciencia. Las Universidades de Bolonia y París fueron las incubadoras.
¿Por qué importaba el Ars dictaminis? Porque formar cartas era un acto serio; se ayudaba a influir sobre las decisiones políticas y eclesiásticas más significativas. Hoy se tomaría como una pérdida de tiempo, pero a largo plazo, era más efectivo que cualquier tweet con cientos de 'me gusta'.
Las partes de una carta medieval. Una carta de Ars dictaminis solía componerse de varias partes: saludo, exordio, narración, petición y conclusión. Cada sección tenía un propósito claro, nada de perderse entre emojis sin sentido.
El decoro por encima de todo. La formalidad y el estilo eran cruciales. Un aristócrata no podía permitirse un error en una carta, algo en lo que incluso Twitter podría aprender al imponer límites a las insensateces diarias. Había una pandemia de respeto, cuyos síntomas eran cortesía y civilidad.
La enseñanza estructurada. Aprender Ars dictaminis no era juego de niños. Los estudiantes pasaban años practicando, algo que quizás deberíamos recuperar a la vista del estilo de comunicación empobrecido que manejamos.
Los manuales de dictamen. Se crearon manuales para guiar a los aspirantes a escribanos. Textos como el "Ars dictaminis" de Alberico fueron los antecesores de nuestros manuales más meticulosos, sin la necesidad de actualizarse cada año.
El legado del Ars dictaminis. A pesar de que algunos lo descartan como reliquia, mucho del arte de la diplomacia y retórica moderna le debe su desarrollo a estos pioneros de la palabra escrita. Tal vez, cuando nuestras formas de comunicación actuales pasen de moda, miraremos hacia atrás y reconoceremos que esos monjes medievales sabían de lo que hablaban.