Imagina pasarte cuatro años haciendo un truco de magia en un escenario vacío. Eso es lo que podría describir "Años en Desperdicio", la aclamada novela de Díaz Cordero, que lanza una mirada incisiva al período entre 2010 y 2014 en América Latina bajo un cristal que muchos consideran distorsionado. En un aparente intento de desentrañar los años perdidos en la región, Díaz Cordero nos lleva por un viaje a través de personajes atrapados en sus propias decisiones. Estos son años en los que, según la ficción, íbamos a ver un espectacular resurgir de políticas de izquierdas. La pregunta es, ¿ha servido de algo? Miremos más de cerca.
¡Qué ironía! En un intento de iluminar los "fracasos" del capitalismo, este libro mismo parece un ciclo sin fin de personajes que no avanzan. Pese a las emocionantes ideas de cambio, lo que tenemos es un reciclaje constante de mitos. América Latina se presenta como aquel lejano lugar donde el socialismo debería haber triunfado, pero, ocupado por sus ideales utópicos, simplemente dejó pasar el tren del progreso. El autor, con un estilo casi hipnótico, describe una época en la que líderes populistas utilizaron el nacionalismo populachero como puerto seguro, mientras la realidad se encargó de recordar que las reformas mágicas tienen un precio: ni más ni menos que la falta de progreso real.
Lo más preocupante es que "Años en Desperdicio" se apoya en la nostalgia por ideas del pasado, aquella visión romántica del socialismo como salvación universal. Sin embargo, en una lectura conservadora, esto es la trampa más grande de todas: seguir deseando ciertas ideologías mientras la historia nos enseña la resistencia de las economías de mercado. No es sorpresa que muchos fanáticos de las revoluciones pasadas ahora cuestionan su relevancia en un mundo donde el éxito se mide por crecimiento tangible.
Si te estás preguntando quién llega al poder en esta turbulenta novela de autoengaño político y económico, la respuesta parece ser nadie que no haya estado ahí antes. El problema con presentar una fórmula gastada como solución novedosa es que el público se cansa de más de lo mismo. La supuesta democracia participativa no es más que un teatro mal iluminado. Las promesas de igualdad siguen esfumándose como humo en un día ventoso. Díaz Cordero intenta reescribir el guion de cómo los actores locales pueden cambiar el curso de la historia, mientras sus personajes deambulan por escenarios ya vistos millares de veces.
El escenario donde se desarrolla "Años en Desperdicio" fluctúa entre ciudades cosmopolitas y pueblos olvidados, todos ellos escenarios de una lucha de poderes vana y divisiva. Y es que resulta difícil entusiasmarse con promesas vacías disfrazadas de modernidad radical cuando lo que vemos es más lo mismo. El verdadero progreso no llega cuando un candidato aparece cada cuatrienio con las mismas consignas fallidas de siempre.
Sumérgete en la trama tan pronto como se inicie el capítulo dos y verás una repetición de lo que esos años politizados realmente ofrecieron: un gigantesco guiño al pasado sin proyecto real para el futuro. Los personajes quedan atrapados en esas urbes de antaño, lavando la cara a opciones que ya el tiempo ha probado ineficaces. Mientras la trama avanza, lo que realmente tiembla no es un cambio estructural sino una reafirmación del miedo al cambio desde la familia a las instituciones.
Lo que algunos llaman idealismo, otros lo reconocemos como falta de visión. No se trata de meras declaraciones partidistas de arriba hacia abajo hablando a personas cansadas de soluciones mágicas. Los cambios radicales rara vez han resultado en las esperadas utopías, y eso es algo que los años siguen confirmando a aquellos con ojos bien abiertos. El progreso verdadero es acumulativo y de base - no se construye en hojas de papel empapadas de sueños políticos ajenos a la realidad.
La narrativa de este relato es poderosa; sin embargo, la pregunta sigue siendo. ¿Resguarda todavía alguna lección para aquellos empecinados en revivir mitos fallidos? A Díaz Cordero podría no interesarle mucho, pero aquellos con miras en soluciones tangibles deberían entender que el tiempo no espera y que el futuro no surge imitando errores del pasado. Quizás "Años en Desperdicio" debería ejemplificar que el verdadero desperdicio es no aprender de ellos.
Como lectores, ¿no deberíamos insistir en ver más allá de fantasmales promesas y exigir resultados reales? Es fundamental recordar que, en democracia de verdad, las propuestas deben ser más que palabras atractivas o visiones idealizadas. El éxito está en las acciones, no en las ensoñaciones que sólo alimentan viejos relatos que ni siquiera nosotros creemos ya.