¡Media vuelta, mundo! Si creías que la música clásica era solo para arrugas y decorativos ensayos polvorientos, prepárate para que se te voltee el cerebro. ¡Félix Mendelssohn te trae fiesta celestial con “Alabad al Señor, todo el mundo”! Este coro vibrante es parte del Salmo 100, creando un puente entre cúpulas eclesiásticas y auditorios modernos. En 1822, el talentoso Mendelssohn, apenas un jovenzuelo de trece años, lo compuso para el culto luterano en Berlín. Su obra resucita la devoción musical que tanto falta en la música de hoy.
Pero vamos a lo que interesa. Primero, ese nombre. “Alabad al Señor, todo el mundo” no sólo retumba con pompa y ceremonias religiosas. También es un bofetón a la cara al secularismo moderno que ha intentado erradicar a Dios de cada espacio posible. Mendelssohn no era de esos. Su obra corrobora que el arte genuino necesita una chispa divina, y mientras más tratamos de olvidarlo, peor nos va.
Su calidad musical es inolvidable. La estructura de esta pieza es contundente y precisa, como un reloj suizo. Imagina un coro en el que cada voz se escucha perfectamente, con un propósito claro, dando alabanza con fervor. Mendelssohn, manejando el lenguaje musical como un autoritario de batuta, logra un efecto sublime. Que sea un Salmo de David es significativo porque, después de todo, seguimos peleando con quién le da sentido a nuestra existencia.
La obra no es sólo música, es un grito. “Alabad al Señor, todo el mundo” representa una sociedad que alguna vez creyó que lo espiritual tenía un lugar esencial en la creación humana. Esto es enlazado en la suave, pero poderosa armonización que Mendelssohn instaura en cada nota.
Con la creación de este Salmo, Mendelssohn trazó una línea en el suelo. Diría a su audiencia, “Aquí hay algo que trasciende sus metas diarias y sus pequeñas preocupaciones”. Hay una belleza en la consistencia de una obra que sigue resonando casi dos siglos después. ¿O entonces vamos a seguir aplaudiendo las obras vacuas que se desploman en nuestromundo musical como meros ladrillos de construcción?
Siendo políticamente incorrectos, y francos, la música moderna podría tomar algunas notas de Mendelssohn —si es que le importa un pito el arte verdadero. Aunque muchos intenten borrar raíces espirituales en arte, “Alabad al Señor, todo el mundo” permanece imperturbable. La devoción en la música clásica no es solo estética, es un grito de resistencia contra quienes quieren silenciar valores tradicionales que han sostenido civilizaciones enteras.
Irónicamente, mientras más intentamos borrar huellas de devoción, más pareciera que resurgimos con nostalgia hacia obras como esta. Aquí no hay espacio para espectáculos de medio tiempo o beats que solo buscan alcanzar la cima fácil de la deseada lista de Billboard. Esto es pura devoción artística hacia un Ser Supremo, y en ello, Mendelssohn encontró la perfección. Y eso merece más que solo un aplauso.
A estas alturas, cabe preguntarse si hemos descuidado la verdadera esencia del arte. Mendelssohn no solo compuso un Salmo; ofreció una lección atemporal, donde la música y la espiritualidad se entrelazan con firmeza no negociable. Es un recordatorio de que algunas cosas, especialmente las más grandiosas, no pasan de moda, ni deberían pasar. ¡Qué honor para quienes estuvieron presentes en su primera audición en Berlín hace tantos años!
La relevancia de esta obra radica en su capacidad de desafiar la modernidad silenciosa. La música como esa tiene el persistente poder de unificar y elevarnos más allá de la fugaz actualidad. Resiste, grita, y perdura. Alabad al Señor, todo el mundo, y quizás encontrarías un poco de esa belleza verdadera.