La Gran Farsa de Hollywood: Los 72º Premios de la Academia

La Gran Farsa de Hollywood: Los 72º Premios de la Academia

Los 72º Premios de la Academia de 2000 fueron una escena de lujo y política en Los Ángeles, destacando la crítica social con 'Belleza Americana' mientras perpetuaban agendas Hollywoodenses de siempre.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Los 72º Premios de la Academia, una vez más, hicieron su aparición el 26 de marzo del año 2000 en el Shrine Auditorium de Los Ángeles. Con su habitual pompa y circunstancia, la gala fue un reflejo de lo que Hollywood siempre ha sido: el mayor espectáculo de falsedad vestido de gala. Con la dirección de las luces a la figura de la industria, una vez más se apoderó de la mano de los socialmente explícitos de siempre. ¿Qué se puede esperar de un lugar donde la corrección política es la reina del escenario? Este evento, nada menos, se convirtió en un escenario para el espectáculo liberal que adora la élite.

Empezamos por el hecho curioso de que 'Belleza Americana', una película que había causado furor entre los expertos de cine, terminó siendo la protagonista de la noche. ¿La trama? Una crítica descarada a la vida suburbana estadounidense. Hollywood, con su habitual irritación hacia las familias tradicionales, no perdió la oportunidad de premiar esa sátira a la clase media norteamericana. Es claro que las tradicionales películas que defienden valores familiares quedaron en segundo plano, una muestra más de los valores invertidos que la maquinaria hollywoodense prefiere promover.

¿Recuerdan a Cher? Pues en esta gala, la franquicia de la parodia mediática salió a relucir otra vez con el humor pasado de moda y un Claire Danes que desafía la norma sobre lo que es entretenimiento. La Academia definitivamente tiene un gusto estancado en el tiempo, y su cristal de corrección política no envejece bien. No es sorprendente que muchas de las intervenciones estuvieran plagadas de subtexto político, como si las estrellas fueran portavoces de alguna agenda que les trasciende.

La elección del anfitrión fue otra prueba de la copia monotemática, una figura residual como Billy Crystal, que a pesar de su pasado en la escena, demuestra que a la Academia le cuesta soltar las viejas glorias. Su humor, cargado de indirectas políticas, fue el pan de cada día. Para ellos, una demostración más de que las dobles caras son siempre centellas en la noche angelina. En lugar de un maestro de ceremonias que sabe cómo sacarle brillo a las estatuillas, parece que primó la narrativa por encima del talento puro.

Esta vez, el premio a la mejor actriz terminó en las manos de Hilary Swank por su papel en 'Boys Don’t Cry', otra película con un mensaje más allá de la trama aparente. Mientras otros actores menos politizados veían sus historias pasar sin pena ni gloria, Swank se alzó, personificando una vez más esa alegría derechamente politizada de Hollywood por premiar lo que consideran 'un triunfo social'. Y no, no estamos en contra de que se hable de diversidad e inclusión, sino que se destaca lo que está no porque brille, sino porque en la oscuridad de la agenda, se necesita un falso sol que ilumine.

Kevin Spacey, en su papel al estilo de justicieros como Spencer Tracy de tiempos más sencillos y de valores más firmes, logró su momento en Hollywood como el "mejor actor" con este galardón. En otro tiempo, retratos de personajes que inspiran a una nación hubieran sido la norma, pero hoy criticar ese estándar se siente una obligación. Actuar, después de todo, no parece suficiente. Se trata de manifestar algo más "relevante''.

Volviendo a 'Belleza Americana', no sorprende que el Oscar a la mejor película haya pasado por encima de otras obras que reflejaban valores tradicionales y mensajes positivos lejos de la cámara oculta mordaz que representa la película. El favoritismo de la Academia queda más que demostrado cuando el dedo apunta de nuevo a lo que es "aceptable" en la comarca de las colinas de Hollywood. Henseñanza para los seguidores: si no tienes un mensaje "contundente", es posible que tu película curvo no solo por contenido, sino por el contexto.

Finalmente, hablar de los premios sin mencionar la maquinaria política de Hollywood sería ignorar la obviedad del elefante en la sala. Los premios de la Academia, en su 72ª entrega, sólo parecen confirmar lo que muchos ya saben: para esta industria, no se trata solo de doblar el cine y el arte; sino también de dar voz y eco a aquello que desenfoca al cine de su esencia y lo empuja a la arena política. Tal vez algún día se darán cuenta de que la grandeza del cine está en inspirar, elevar y unificar, no dividir con una sonrisa deslumbrante.