Espectáculo y Agenda en los Premios de la Academia 1991: Cuando Hollywood Mostró Sus Verdaderas Colores

Espectáculo y Agenda en los Premios de la Academia 1991: Cuando Hollywood Mostró Sus Verdaderas Colores

La 63ª entrega de los Premios de la Academia, celebrada el 25 de marzo de 1991, fue un derroche de drama, talentos y una clara agenda política que desempolvó la hipocresía hollywoodense.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Espectáculo y Agenda en los Premios de la Academia 1991: Cuando Hollywood Mostró Sus Verdaderas Colores

¡Qué momento más memorable el 25 de marzo de 1991! La 63ª entrega de los Premios de la Academia en el Dorothy Chandler Pavilion en Los Ángeles hizo de todo menos aburrir a la audiencia. Dirigida por el legendario Billy Crystal, la gala fue un despliegue de estrellas, drama, y no podía faltar, la agenda política de Hollywood. En una noche donde lo que parecía importar menos era el talento y lo que más contaba eran las inclinaciones ideológicas, "Danza con Lobos" se llevó la noche con siete estatuillas, incluyendo Mejor Película y Mejor Director para Kevin Costner.

Para aquellos que creen que zapatear por la tolerancia y la diversidad es una cosa reciente, déjenme decirles que ya en 1991 comenzábamos a ver esto. Claro, no faltaban los grandes momentos emotivos, como el triunfo de Whoopi Goldberg como Mejor Actriz de Reparto por su papel en "Ghost". Sin embargo, algunas decisiones de la Academia ya mostraban una clara predilección por sostener una narrativa en particular. No digo que "Danza con Lobos" no sea una excelente película, pero ¿qué hay de "Buenos Muchachos"? Una película revolucionaria que azotó las mentes de los espectadores, no obstante, apenas se llevó un premio.

Detengámonos un momento a hablar de política. A finales de los 80 y principios de los 90, Estados Unidos estaba en la encrucijada de la Guerra Fría y las múltiples reformas sociales. En este contexto, varias películas reflejaron las tensiones de la época y trajeron a la discusión temas como los derechos de los nativos americanos. Es evidente que las películas de tipo "reivindicativas" tenían algo más detrás, algo que algunos pensarían que va más allá del arte.

Kevin Costner, versátil y con una visión directora genial, capturó el interés de la Academia con su épico western. Referirse a "Danza con Lobos" como una exploración de la tradición americana y sus sufrimientos en el contexto de la expansión al Oeste, es solamente una parte de la narrativa. La película le llevó a ganar sobre Martin Scorsese, cuyo trabajo innovador en "Buenos Muchachos" casi parece un esfuerzo sin recompensa contra el viento y marea del clima político.

Aplaudamos también a Jeremy Irons, quien se llevó a casa el Oscar al Mejor Actor por su fenomenal actuación en "El Reverso de la Fortuna". Sin embargo, su victoria suscitó poco el aire de discusión. Hollywood no puede resistirse a premiar a actores británicos que encarnan a personajes turbios con acentos ostentosos. Qué conveniente cuando es el villano de la pieza casi absoluta.

Mientras tanto, en otra esquina de la noche, Kathy Bates arrebataba la atención ganando Mejor Actriz por "Misery". Una actuación que realmente se ganó el respeto por su intensidad, veredicto que incluso los espectadores más duros pueden considerar justo. La película nos enseñó que ser políticamente neutral, a veces puede dar resultados satisfactorios.

Hablemos ahora rápidamente de las categorías técnicas, aquellas que muchas veces pasan desapercibidas. "Dick Tracy" se llevó varios premios por dirección de arte y maquillaje, destapando la fascinación de Hollywood por los colores y estilos llamativos, como si todo este empeño estético se utilizara para disfrazar realidades más incómodas. Mientras que "Pena de Muerte" ganó por Edición de Sonido, parece que Hollywood siempre premiará efectos sobre narrativa.

Por supuesto, se aclamaron los discursos, llenos del típico agradecimiento a la madre, el equipo, y generalmente, algo dogmática filosofía de autoayuda. Los espectadores empezaban a sentir, incluso desde el televisor de casa, que la alfombra roja está tiernamente enrollada en torno a una esfera moral única. Claro, eso es parte del espectáculo: crees que estás viendo mérito artístico y terminas tragándote la receta de la casa.

Bastante irónico que una gala hollywoodense tena la justa reputación de ser la reina de lo superficial. Los Oscars de 1991 como otros, no son la excepción. Este es un espectáculo menos sobre premiar almas creativas y más sobre marcar las misiones culturales de los titanes de la industria, seguramente bien guardadas bajo el disfraz de estatuillas doradas.