Imagina un proyecto arquitectónico que está destinado a ser un ícono de la ciudad, pero que acaba exhibido como un monumento a la desmejora urbana. Así se describe “54 Columnas”, una atracción que debería impresionar, pero se queda en un testimonio de la ineficiencia burocrática y la moda por lo absurdo. Este espacio de 54 columnas de hormigón, ubicado en Barcelona, fue concebido en 2018 y finalizado en un tiempo récord (o al menos eso dicen algunos) ya que el proyecto fue rápidamente tachado más de arte conceptual que de arquitectura funcional.
Este tanto a la arquitectura como a las ideas que dicen inspirarla. Se nos dice que estas columnas son una metáfora del multiculturalismo contemporáneo, una fábula urbana que niega las clásicas líneas de una metrópoli bien ordenada. La segregación del espacio en múltiples partes debería significar integración; sin embargo, la gran mayoría pasa de largo mirando al suelo o al móvil. El lugar no convoca, no une, y todo ese goterón de financiamiento público, en realidad, dibuja una línea de desapego entre lo prometido y lo entregado.
El nombre “54 Columnas” sugiere una especie de sacralidad numérica que no engaña ni al más despistado. Y claro, ¿se puede hablar de honestidad cuando un proyecto que empezó con un presupuesto ajustado acabó duplicándose como si fuera un capricho adolescente? Políticamente hablando, este tipo de "arte" ensalza lo que se antoja como un peaje postmoderno más que un hito genuino. Algunos explican que la obra busca desafiar las normas establecidas y lo tradicionalmente bello, pero en realidad parece más un vestigio de una mala gestión que una sublime expresión artística.
Pero vayamos a algo que sí importa de este proyecto: los valores comunitarios que, supuestamente, subyacen en cada columna. Se supone que cada una representa diferentes elementos de cohesión social. Uno podría pensar en progreso y desarrollo para cada una, pero estos pilares alguien olvidó apuntalar las bases. No es tanto un problema de ejecución, sino de lo que la obra refleja: un conformismo político que abunda en aplausos grandilocuentes, pero que en realidad sólo sirve de telón para esconder un acto de prestidigitación ideológica.
Hablar de una economía sostenible mientras financias un proyecto de estas características es como proclamar amor al prójimo mientras explotas recursos sin freno. En estos tiempos en que la retórica medioambiental es protagonista, predicar con el ejemplo sería lo adecuado. Pero las 54 columnas se alzan sin sombra de árbol dando cobijo, sin césped que invite a sentarse a contemplarlas. Un espacio verde transformado para contar una historia que algún día se olvidará, tal como se olvidó que el cemento tiene también una huella ecológica.
Es crucial entender que cada columna está plantada en un terreno que solía simbolizar algo completamente diferente: felicidad del común, tardes de sol amistosas, y ahora se ve reducido a un campo estéril. Un mármol gigante, una estrella polar de las ideas descabelladas. Nos prometen que estas estructuras conectarán comunidades a nivel profundo, pero ¿de qué manera cuando la arquitectura misma se alza como una barricada para que nadie pase tiempo en un espacio que carece de hospitalidad básica?
Cabe recordar que quienes defienden proyectos similares son los que también suelen defender el estancamiento económico con excusas vagas. Son los que celebran este tipo de obras diciendo que "fomentan la discusión", pero no mencionan que la gran mayoría de ciudadanos prefieren una plaza completa con bancos y sombra. Es el mismo enfoque que busca reformar el mercado local bajo el disfraz de la regeneración cultural, pero sólo logra prometer y no cumplir, regodeándose con el uso del lenguaje abstracto que tanto aplaca a las masas.
Al final del día, la importancia de proyectos como "54 Columnas" no radica tanto en su valor simbólico como en el hambre mediática de parecer progresista, de estar haciendo algo significativo cuando de hecho, lo único que se hace es apilar ladrillos en nombre de trastocar el paisaje urbano. Nuestra ciudad merece respeto, y si bien el arte puede (y debe) ser provocativo, también exige una función, una razón clara para existir más allá de su simple desafío a la tradición.