El Espectáculo de la 45ª Asamblea General de Delaware

El Espectáculo de la 45ª Asamblea General de Delaware

La 45ª Asamblea General de Delaware es un festín de política en el cual los debates sobre impuestos, educación y legislación medioambiental se convierten en espectáculos acartonados más que en acciones efectivas.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¡La 45ª Asamblea General de Delaware es como un circo político donde se hace magia con los impuestos! Celebrada anualmente en el corazón del Estado del Primeros, los días 15 de enero al 30 de junio, este espectáculo tiene lugar en el Capitolio Estatal en Dover, y reúne a políticos que supuestamente están ahí para representar a sus electores, pero que en su lugar, amenizan con un despliegue de burocracia y manipulación de fondos públicos. Sí, es cierto, sus habitantes votan y, por ende, tienen la esperanza de que algo significativo emerja de estas reuniones.

Lo que realmente sucede es que temas como la educación, los impuestos y la legislación ambiental se convierten en una plataforma para recitar las mismas líneas repetitivas sobre progreso y sostenibilidad. Uno podría pensar que con una asamblea de tal importancia, veríamos más acciones efectivas y menos retórica vacía. En realidad, los participantes tienden a pasar semanas perfeccionando discursos que tienen más que ver con ganar puntos políticos que con mejorar la vida en su estado.

En este evento, una pieza central es el presupuesto estatal. Los debates sobre cómo se gastan los dineros de los contribuyentes son una mezcla entre una partida de ajedrez y una telenovela. Los conservadores se enfrentan a propuestas, muchas veces hipnotizantes, de proyectos costosos que en otros lugares ya han demostrado fracasar. La justificación para estos gastos se disfraza con un lenguaje floreado sobre equidad y progreso, mientras se ignoran soluciones más eficientes y económicas.

Luego, está el tema de la educación. La reunión de este año no fue la excepción a la regla del "hablemos mucho, pero hagamos poco". Examinaron políticas educativas con el objetivo de ofrecer igualdad de oportunidades, una narrativa bellamente tramada que contiene palabras que hacen brillar los ojos de los medios. Lo que no se cuenta es que las reformas discutidas son, con demasiada frecuencia, más un ejercicio de vanidad que un interés genuino en preparar bien a los estudiantes para el futuro.

Además, la Asamblea debatió sobre regulaciones ambientales que, curiosamente, siempre parecen enfocarse en castigar a las pequeñas empresas y agricultores mientras exoneran a corporaciones más grandes. Las discusiones se les presentan a los ciudadanos como un compromiso con el planeta. Pero para los que observamos con atención, el resultado es simplemente una complicación más para ese dueño de la tienda local que intenta ganarse la vida.

La salud pública también tuvo su cuota de atención, y de nuevo, la tendencia fue perseguir políticas que implican un estado cada vez más intervencionista. Las mismas personas que claman por la libertad de elección en otros temas, parecen olvidar ese principio cuando se trata de que el gobierno dicte lo que se puede o no se debe hacer con nuestros cuerpos. Algunos de nosotros aún creemos que la elección personal es clave, pero a veces parece que estamos en minoría.

La 45ª Asamblea tuvo también su parte de drama cuando surgieron debates sobre seguridad pública y fuerzas del orden. Para la sorpresa de absolutamente nadie, el tema de la seguridad ciudadana se usó como una oportunidad para dividir aún más a la población. Un sesgo evidente para aumentar el control del gobierno sobre armas y crítica hacia los cuerpos policiales, falta de reconocimiento del crimen organizado o verídico liderazgo para resolver los problemas de raíz.

No olvidemos tampoco el espectáculo de los cargos públicos; un festín de promesas y fervor en el cual, detrás de la fachada de la democracia, se juegan bien las cartas políticas para preservar el poder al tiempo que se venden como paladines de la justicia. Cuando todo está dicho y hecho, la realidad es que se gradúan unos con mejores contactos y otros con mejores discursos, dejando de lado el cambio genuino.

Bajo su techo dorado, la Asamblea suena como una gran oportunidad para reforzar el núcleo del estado, pero cuando el humo se desvanece, parece que sólo somos testigos de un ciclo más de las mismas promesas con nuevas ediciones de rostro, apelando al statu quo de lo políticamente correcto, mientras que lo correcto se queda para otro año.