En un mundo donde las cumbres políticas prometen tanto pero entregan tan poco, el segundo encuentro entre la Unión Europea (UE) y la Unión Africana (UA) en Bruselas no podía ser la excepción. Este evento, celebrado del 17 al 18 de febrero de 2022, reunió a líderes de ambas organizaciones bajo la premisa de cooperación y progreso. Pero, ¿qué expectativas reales se pueden tener cuando un continente como Europa, lleno de burocracia y el desgaste de la corrección política, decide 'colaborar' con África, un continente en pleno auge y con un potencial que desafía toda lógica moderna?
Primero, hablemos de lo que todos pensaban que ocurriría en esa cumbre. Se pretendía que ambas uniones discutan temas esenciales como la seguridad, el cambio climático, el comercio, y hasta la migración - un 'gran favor' que Europa quiere venderle a África. Los líderes europeos llegaron con sus agendas llenas de propuestas, generalmente envueltas en una falsa compasión por los problemas africanos, aunque su verdadero interés se centra en asegurar estabilidad y recursos para ellos mismos.
Observemos el intento de cooperación en temas de seguridad. Europa, donde la integridad territorial se mantiene bajo aguas turbias, pretende ofrecer su ayuda para solucionar problemas de seguridad africanos. Ironía poca no, considerando que ni siquiera parecen capaces de manejar las crisis internas, y ahora son un supuesto ejemplo a seguir. Bruselas sigue insistiendo en el fortalecimiento de la seguridad africana, cuando lo que realmente busca es frenar el flujo de migrantes hacia tierras europeas. Esa es la verdad incómoda que muchos parecen ignorar.
Ahora bien, las promesas del cambio climático. La UE, con su constante presión hacia políticas medioambientales, se presenta como un salvador para los problemas climáticos africanos, aunque con una mano les ayuda y con la otra parece imponer condiciones poco realistas (y muy costosas). Los africanos han aprendido con el tiempo que aceptar la tutela ambiental europea trae más quebraderos de cabeza que beneficios reales. ¿Y quién puede culparlos? Cuando los países necesitan urgentemente desarrollar su infraestructura, Europa se presenta con una serie de reglas inquebrantables y exigencias irrealizables.
En cuanto al comercio, más de lo mismo. Los hipotéticos acuerdos de libre comercio que prometen facilitar el intercambio de bienes y servicios entre ambos continentes apenas logran superar el papel. Bruselas vende el ideal de un comercio justo, pero cuando uno escarba un poco más, se da cuenta de la asimetría inherente de estas relaciones. La UE pone demasiadas barreras y condiciones para permitir que África prospere genuinamente en el mercado europeo. En el mejor de los casos, se habla mucho pero se hace poco.
Al llegar a los temas de migración, se observa cómo Europa quiere desesperadamente controlar el flujo. Es más una cuestión de proteger su statu quo que de ayudar a los africanos a prosperar en sus patrias. Controlar la migración suena espectacular en teoría, pero llega a ser una tarea monumentalmente imposible cuando no se abordan las causas raíz de estos movimientos o se ofrecen soluciones prácticas.
Finalmente, el aspecto cultural y social del encuentro revela más de lo mismo. Los líderes europeos y africanos siempre tienen que hacer malabarismos con su retórica para mantener las formas y no afectar los 'delicados' sentimientos del progresismo imperante. Las buenas intenciones pueden adornar muchos discursos, pero en la práctica, la cohesión entre los dos continentes se queda en palabras superficiales. Europa todavía ve a África bajo una luz paternalista, lo que hace más difícil, si no imposible, forjar una relación de tú a tú.
En resumen, la Cumbre UE-UA fue una mezcla de promesas grandiosas y realidades incómodas. La UE, con su fórmula de políticas vertiginosas y discursivas, apunta a mantener una posición de preeminencia usando a África como tablero de ajedrez para sus propios fines. Mientras tanto, África se encuentra en la posición de tener que bailar al son que imponga Europa mientras lucha por su propio lugar en el escenario global. Así que, más que una reunión de mentes, la cumbre parece ser un juego calculado donde Europa se firma a sí misma como guía mientras África busca genuinas oportunidades de crecimiento.