Viajemos a 1517, el año en que un monje alemán decidió golpear la historia con sus 95 tesis y desató un terremoto que todavía hace temblar a más de un país. Martin Lutero fue el valiente que, el 31 de octubre de ese año, clavó sus ideas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg en Alemania. ¿Por qué lo hizo? Para desafiar el poder corrupto de la Iglesia Católica, ni más ni menos. Esta movida osada, concebida en el seno de un oscuro monasterio germánico, puso en jaque al papado y avivó las llamas de la rebelión. Para los que disfrutan de las narrativas heroicas, 1517 fue mucho más que un simple número; fue el inicio de una revolución religiosa y política que sacudió Europa de la cabeza a los pies.
Hablemos del impacto. Lutero no solo clavó unas hojas en una puerta; él desmanteló la concepción vigente de poder religioso. La venta de indulgencias, un sistema de sobornos santificados que aseguraba al clero una vida de excesos, quedó al descubierto. La imprenta, el Internet del Renacimiento, se encargó de hacer correr la voz más rápido que los cotilleos de palacio. En poco tiempo, los rincones más oscuros de las aldeas europeas discutían el papel de la Iglesia en la salvación del hombre.
Sin embargo, no todo fue virtud y gloria. Las controversias y conflictos que siguieron pintan la historia de una manera poco amable. Las guerras religiosas que desgarraron Europa durante décadas son las consecuencias de este osado acto. Las guerras de los campesinos alemanes, otro legado directo de este choque de ideales, mostraron que no todos estaban en la misma página. Mientras algunas mentes brillantes predicaban libertad religiosa, otros veían en esto una excusa para el caos y la anarquía.
El impacto político fue monumental. Los príncipes alemanes, olfateando una oportunidad de oro para incrementar su poder, decidieron apoyar la iniciativa. El poder del emperador y de Roma se vio desafiado desde dentro. La idea de una Europa unida bajo una sola fe empezó a desmoronarse, y no cabe duda de que a más de uno le dolió aceptar esta nueva realidad. Este golpe al poder centralizado allanó el camino para las modernas naciones-estado donde la religión dejó de ser la piedra angular del dominio absoluto.
Pero no olvidemos el impacto cultural. La Reforma Protestante aportó un nuevo aliento de vida al arte, el pensamiento y la filosofía. El sentimiento de libertad individual comenzó a germinar en el lienzo de las letras y la música. Fue el momento en que la pintura y la música comenzaron a dejar de representar solo lo divino para centrarse más en lo humano. La Konfessionbok, la biblia de los luteranos, se convirtió en un referente educativo, otorgando a más libros un lugar en la mesa del hogar común. La educación fue lentamente democratizada, abriendo las puertas a la alfabetización de masas, que irónicamente, se encuentran hoy día enzarzadas en discusiones sobre temas tan farisaicos como las políticas de género.
Lo que muchos olvidan es el alcance global del evento. La influencia de 1517 no se limitó a Europa. Los ecos de la Reforma se extendieron a cada rincón del mundo conocido. Las colonias del Nuevo Mundo fueron moldeadas por estos cambios, con los colonos llevando tipos de fe divergentes con cada barco al nuevo continente. Se plantaron las semillas de la diversidad religiosa que hoy algunos parecen querer olvidar en su afán por unificar bajo un mismo credo y pensamiento.
A menudo la historia se cuida de mencionar estos detalles. Se habla de una gran revolución, pero pocas veces se reconoce el precio de la libertad religiosa. La enfrentaron los que no querían ceder control, los magnates de púrpura y mitra que perdieron poder y riqueza. Ante semejante sacudida, la Contrarreforma se convirtió en una respuesta desesperada por controlar a los incontrolables, y la inquisición encontró nuevas fuentes de inspiración. Al final de todo, lo que Lutero y otros reformadores hicieron fue nada menos que abrir la puerta a una sociedad de libre pensamiento (que ahora algunos, especialmente aquellos de tendencia liberal y pensamiento hegemónico, prefieren mantener en el desván).
1517 fue también el principio del fin para ciertas estructuras medievales que aún nos atan. Este año nos recuerda que las verdades fundamentales, por más ocultas que se mantengan, tarde o temprano encuentran un camino a la luz. Una lección que incluso en estos días de sombras políticas debemos recordar.