¿Alguna vez has sentido que algo estaba a punto de desvelarse y entonces, ¡pum! Nunca llegó? Esa es la historia de 'yori', un kana que quiso ser y que, aunque nunca lo hayas visto, tiene una historia fascinante dentro del mundo del japonés. 'Yori' es uno de esos elementos que se inserta en el lenguaje de una manera que parece invisible pero fundamental.
En el alfabeto japonés, que a menudo resulta un laberinto de intrincadas curvas y sonidos melodiosos, los kana son porciones básicas. Sin embargo, 'yori' no es algo que encontrarías en los actuales sistemas de escritura. Se usó en el pasado, y su relevancia cultural yace en cómo nos muestra la evolución de una lengua compleja. Durante períodos históricos en Japón como el período Heian (794 a 1185 d.C.), las mujeres de la nobleza escribían en kana como forma de expresar sus voces, cuando los hombres usaban caracteres kanji más formales. Este contexto hace que 'yori' y su ausencia presente sean piezas del rompecabezas del cambio cultural y lingüístico.
El término 'yori' significa 'más que' o 'desde' en japonés. Se usaba en escritos informales y femeninos, antes de que ciertas conexiones sociales y políticas llevaron a la formalización del hiragana, dejando atrás algunos kana, incluyendo este caracter. Actualmente, esta forma ha desaparecido, y es difícil encontrar trazos de él fuera de los libros de historia y textos. Este oscurecimiento no significa olvido, sino más bien énfasis en la evolución continua de la lengua japonesa.
Entender por qué ciertos elementos se desvanecen mientras otros se afianzan requiere un vistazo a más que el idioma mismo: requiere esbozar los trazos de un lienzo político y social más extenso. El lenguaje no es únicamente un coche para la comunicación; es un reflejo de quién tiene el poder y en qué contexto cultural se asienta. Así, aunque 'yori' pueda parecer algo pequeño e insignificante hoy, era parte de un marco que facilitaba la expresión de identidades individuales y colectivas en el pasado.
A medida que la cultura japonesa se dirigió hacia la modernidad durante el período Meiji (1868-1912), hubo un empuje hacia la refinación del idioma, dejando atrás aspectos considerados obsoletos o no necesarios en un mundo que comenzaba a globalizarse rápidamente. Este contexto refleja fragmentos de lo que algunos podrían llamar progreso, como resultado de intentar simplificar la escritura para que sea más accesible en un país que se abría al mundo exterior.
Hay una belleza en la pérdida artística, en ese sentido de algo que una vez fue y que ahora sirve solo como historia. Y aquí es donde puedes encontrar una perspectiva liberal, siempre inclinada a redescubrir, a encontrar valor en lo que la corriente considera anticuado. Un sistema de escritura más simplificado podría hacer el aprendizaje del idioma más accesible, lo cual abonaría a la democratización del conocimiento. Sin embargo, ¿cuánto de lo que olvidamos agrega a nuestra comprensión cultural?
Si le preguntas a historiadores y lingüistas que estudian los textos antiguos, la respuesta sería diferente a la de aquellos que ofrecen un enfoque pragmático hacia el presente: ambos validan sus puntos de vista desde el lente de un tiempo que ya pasó o al considerar el verbo presente y real. Encontrar equilibrio entre mantener la pureza histórica y avanzar hacia la claridad moderna podría parecer un juego de malabares imposible, pero es un viaje necesario.
Esta historia nos permite también adentrarnos en la necesidad de revisar el lugar de las mujeres en la historia de cualquier lengua. Aunque 'yori' ya no mida el hilo de nuestras conversaciones cotidianas, aún ilustra cómo el lenguaje ofrece alternativas a voces que eran constantemente acalladas o estructuradas. Cada letra, cada símbolo cargaba significados muy específicos que muchas veces se daban bajo la sombra de librepensadoras del conocimiento cotidiano.
Entonces, ¿qué importancia tiene rescatar 'yori' o cualquier elemento similar de la historia de una lengua? Su esencia podría ser simplemente la de proporcionar miradas a olvidados momentos de expresión, un reconocimiento de lo que fue útil o crucial en generaciones pasadas. Sin embargo, también ofrece una invitación a reconsiderar el valor de lo que la sociedad eligió dejar atrás en su carrera hacia lo que consideramos progreso.