Imagina descubrir un pequeño frasco de la antigüedad y preguntarte si contiene un secreto perdido en el tiempo. Los unguentarios son eso mismo: frascos que nos transportan a épocas antiguas, usados principalmente en el mundo romano, desde aproximadamente el siglo I hasta el siglo VII. Eran recipientes pequeños, generalmente de vidrio, utilizados para almacenar aceites, perfumes o medicinas. Estos objetos se hallaron en lugares como Italia, Francia, España y Alemania, en sitios funerarios, casas y baños. ¿Por qué existen tantas piezas de vidrio en lugares arqueológicos? Tal vez porque, después de todo, incluso aquellos en tiempos antiguos cuidaban su piel con tanto entusiasmo como cualquier amante del skincare actual.
Hablar de unguentarios es sumergirse en un viaje por la historia, un fenómeno cultural y material que nos acerca al día a día de civilizaciones que marcaron el destino de Europa. Solían ser de vidrio soplado, una técnica avanzada y significativa en su época. A medida que el arte del vidriado evolucionaba, también lo hacían los diseños de estos frascos, lo que deja entrever la creatividad y destreza artesanal de estos artesanos. Pero no se trataba solo de moda o de un capricho estético; la práctica de utilizar unguentarios era común entre personas de diferentes clases sociales. Desde patricios hasta plebeyos, cada hogar podía contar con estos objetos, aunque los de las clases más altas tenían versiones más elaboradas. Reflejan prácticas cotidianas del periodo, incluso en contextos tan universales como la cosmética y la medicina.
La política actual quizá no suele discutir de unguentarios, pero el interés por la ancestralidad y lo tradicional es algo que resuena en un mundo que a veces parece perderse en lo inmediato. Es importante recordar que todo tiene un origen y un contexto, y los unguentarios nos lo recuerdan. Al igual que cualquier vestigio arqueológico, son piezas del rompecabezas de lo que fue la vida latina. Considerarlos solo como frascos sería pasar por alto el legado que encierran en sus paredes finas. No dejan de existir en un vacío histórico; al contrario, plantean un debate sobre cómo nuestras prácticas modernas podrían ser vistas desde el futuro. ¿Cómo serán considerados nuestros rituales de belleza o salud en mil años?
Existen teorías que proponen que estos frascos también eran utilizados en rituales religiosos, pues contenían aceites de unción o para rituales funerarios. Aunque no hay forma de asegurarlo, la idea tiene tanto sentido como imaginar un pequeño altar en cada hogar contemporáneo. Esta dualidad entre lo sagrado y lo cotidiano también se ve reflejada en las tensiones políticas actuales entre lo privado y lo público. Reflexionemos cómo las personas entonces vivían vidas complejas donde la religión marcaba el ritmo, un claro contraste con la libertad religiosa de gran parte de nuestras sociedades contemporáneas.
Ahora, considerando la otra cara de la moneda, algunos podrían preguntarse: ¿Por qué preocuparnos por antiguallas, por minucias cuando tenemos frente a nosotros desafíos más actuales? La vida moderna está cargada de avances tecnológicos y retos sociales urgentes. Sin embargo, ignorar la historia sería ignorar las lecciones que no son tan diferentes de las que enfrentamos hoy. En medio de nuestras incertidumbres sobre el clima, la política y la tecnología, los unguentarios representan una conexión tangible con nuestros ancestros. Sus usos y simbolismo pueden provocar un sentido de continuidad y comprensión. Al final del día, aunque estemos separados por siglos, seguimos enfrentándonos a preguntas existenciales, aunque cambie el contexto.
El debate entre lo antiguo y lo moderno es un reflejo de nuestra propia lucha política actual: conservar un sentido de identidad o evolucionar a una nueva forma de pensar. Los unguentarios son el claro ejemplo de cómo lo antiguo puede reunirse con lo contemporáneo en nuestros discursos. Desde su uso en exposiciones museísticas hasta en reconstrucciones digitales, vuelven a la vida a manera de lecciones, no solo de historia sino también de humanidad. Comprenderlos, verlos en metaversos o estudios digitales podría ampliar nuestra percepción del pasado, dándonos nuevas fuentes de conocimiento para enfrentarnos al futuro. Así es como registros a primera vista insignificantes como los unguentarios nos recuerdan cuán fundamental es el pasado en nuestra construcción diaria de la realidad.
Los unguentarios son, pues, más que simples frascos antiguos. Son puertas a nuestro pasado común, evocadores de emociones humanas y prácticas que continúan resonando a lo largo del tiempo. A través de ellos, consideramos la fragilidad del vidrio como un paralelismo con la nuestra, al mismo tiempo que nos recuerda lo que hemos construido, lo que hemos roto y, más importante aún, lo que hemos aprendido cuando juntos entendemos de dónde venimos.