Rolando Reátegui es como ese personaje secundario que se roba la atención en una película, y no porque tenga un talento oculto, sino por su habilidad para generar debates en la política peruana. Nació en Tarapoto, un pequeño paraíso en la región selvática de Perú, y desde ahí ha provocado oleadas de opinión y controversia. Político de carrera desde la década de los 90, ha pasado por varias etapas, siendo miembro de distintos partidos, pero sobre todo conocido como un influyente aliado de Keiko Fujimori. A menudo polariza opiniones, dejando a unos aplaudiendo mientras otros levantan las cejas. ¿Por qué? Porque Reátegui ha sido un maestro en navegar las aguas turbulentas de la política y ha dejado su huella en los episodios más controversiales del país.
Ahora, más allá de las fronteras de la selva, su nombre resuena en la fría Lima, donde se entretejen los hilos del poder. Desde sus inicios como empresario en la industria del cacao, sus pasos lo llevaron a ingresar en el Congreso gracias a la coalición con Fuerza Popular. Fue diputado y luego senador, pero siempre con el sello de polémico. Esto no es raro en un político, pero con Reátegui las cosas siempre tienen un giro dramático. ¿Sabías que fue uno de los protagonistas en el escándalo de los audios de la Corte Suprema en 2018? Eso es justo lo que lo hace tan fascinante.
En su defensa, Reátegui representa a un grupo considerable que apoya reformas conservadoras. Sin embargo, su conexión con el fujimorismo, especialmente con Keiko Fujimori, no ha estado libre de acusaciones. En 2018, protagonizó una de sus fases más tensas con el Ministerio Público cuando alegó haber sido parte del polémico sistema de captación de fondos para el partido de Keiko. Admite, confiesa y luego hace una pausa; lo que en otro lugar parecería el fin de una carrera, en Perú solo parece el capítulo siguiente.
En todo esto, su figura se balancea como un péndulo: a veces visto como un pragmático que sabe cuando decir "sí" e "irse para el otro lado" cuando dice "no". La política es su tablero de juego, aunque para algunos solo sea un actor que sigue instrucciones. Sin embargo, para un segmento del país que busca un liderazgo enérgico, incluso autoritario, Rolandito, como lo llaman algunos, nunca deja de ser relevante.
En el contexto de una generación más joven que revisa la historia con un lente crítico, Reátegui es visto de dos maneras: como un hombre que lucha entre la lealtad a sus ideales y la presión política de las élites, o simplemente como alguien que sabe moverse en el sistema. Es fácil etiquetar a las generaciones jóvenes como desinteresadas en la política, pero si hay algo que Gen Z entiende es el drama y la identidad. Y Rolando, con su historia teñida de incidentes y lealtades cuestionables, no puede ser aburrido para una juventud que exige transparencia y autenticidad.
Al final, como figura política, Reátegui nos recuerda que los debates sobre la moral y la legalidad nunca son blanco o negro. Algunos lo verán como un ejemplo de lo que es políticamente incorrecto, mientras otros vislumbran en él a alguien que sabiamente juega bien sus cartas en un mundo donde las reglas cambian continuamente. Eso genera un diálogo en sí mismo, donde las opiniones varían de acuerdo a qué tanto se quiere mirar bajo la alfombra de la política.
En el espectro político peruano, donde las voces se alzan entre proyectos de ley y discusiones parlamentarias, Reátegui sigue despertando curiosidad e incluso, a veces, admiración. Algunas veces por los motivos equivocados, pero suele pasar que en el juego del poder las personas se ven reflejadas en espejos que devuelven una imagen a la que no pueden evitar mirar de frente.