Imagina a alguien soñando con una sinfonía de imágenes mientras el mundo aún intentaba acostumbrarse a las primeras películas en blanco y negro. Esa persona es Ricciotto Canudo, un intelectual italiano nacido en 1877, que tuvo la audacia de proclamar el cine como el séptimo arte en un momento en que muchos aún dudaban si las películas podrían siquiera considerarse arte. Nos encontramos en la década de 1910, en París, el epicentro cultural de la época donde Canudo fusionó su pasión por la literatura, la música y, especialmente, el cine.
El término "séptimo arte" fue acuñado por Canudo en su manifiesto "Manifiesto de las Siete Artes", donde destacó la capacidad del cine para combinar espacio y tiempo de manera inédita. Antes de que Netflix produjera series que devoramos en un fin de semana, Canudo ya había entendido que el cine podía capturar la esencia dinámica de la vida de una manera que ninguna otra forma de arte había logrado.
El manifesto, publicado en 1911 y revisado en 1923 tras la Primera Guerra Mundial, no sólo declara al cine como un arte legítimo, sino que lo eleva como una síntesis de lo que entonces considerábamos las "artes superiores", como la pintura y la música, y las "artes menores", como la literatura. Canudo fue más allá y postuló que la fusión de lo visual con lo rítmico y el simbolismo en el cine lo hacían una cantera inagotable de emociones crudas y experiencias humanas.
Para entender la revolución que proponía Canudo, es crucial recordar que en ese período, el cine sufría el escepticismo de otros sectores artísticos e incluso dentro de él mismo. Los opositores veían el cine simplemente como entretenimiento escapista, una curiosidad tecnológica sin alma. Es fácil estar en desacuerdo con esta postura dado nuestro contexto actual, pero entonces, la transición del cine mudo al sonoro era reciente, y sus capacidades artísticas todavía estaban en una fase de desarrollo incipiente.
Desde una perspectiva liberal, la visión de Canudo era audaz precisamente porque retaba al status quo. Abrir un espacio para nuevas narrativas audiovisuales implicaba también abrir la puerta a nuevas formas de expresión y, por ende, a nuevas ideas políticas y sociales. El cine podía ser una herramienta de empoderamiento, capaz de criticar estructuras sociales e incluso influenciar cambios en la sociedad. En este sentido, Canudo se adelantó a su tiempo, pues estamos viendo hoy cómo las películas y series impulsan conversaciones sobre justicia social, identidad y cultura.
Sin embargo, no todos estaban de acuerdo con que el cine mereciera tal respeto artístico. Algunos críticos argumentaron que el cine no podía igualarse a la pintura o la música debido a su dependencia tecnológica, una línea divisoria que Canudo no compartía. Insistía en que la habilidad de transmitir sensaciones través del celuloide y proyectar sueños en movimiento compartía una profunda conexión con aquellas artes ancestrales.
Canudo también fue parte de un círculo intelectual que unía a artistas del futurismo, simbolismo y cubismo, quienes compartieron su creencia en el poder transformador del cine. Su entorno en París fue un crisol de ideas revolucionarias, donde los creadores experimentaban con un lenguaje visual que redefinía el arte de narrar. Canudo no solo presentó el cine como arte legítimo, sino que también abogó por un análisis crítico del medio, instando a los creadores y al público a reflexionar sobre el impacto de las imágenes en movimiento.
Los esfuerzos de Canudo abrieron el camino para que las películas fueran vistas como algo más que simple entretenimiento; lo confirmó la evolución del cine como una plataforma para la exploración de la condición humana. Reflejaba la vida cotidiana y sus absurdos a través de personajes complejos y tramas innovadoras, moldeando la percepción de generaciones sobre lo que el cine podría y debería ser.
En última instancia, Ricciotto Canudo nos ofrece una lección continua: la importancia de desafiar lo establecido y reconocer potenciales latentes en formas emergentes. Su determinación para enmarcar el cine como el séptimo arte nos recuerda que el futuro del arte no solo depende de la innovación en técnicas y narrativas, sino también de nuestra disposición para aceptar y celebrar nuevas perspectivas.