En 2020, un año que probablemente recordaremos no solo por una pandemia global, sino también por un llamado urgente a la transformación social, la figura de la policía se convirtió en el centro de intensos debates. Desde Estados Unidos hasta España, la policía, cuya función principal es proteger y servir, fue objeto de protestas, reformas y, en algunos casos, confrontaciones. Esa creciente demanda por el cambio fue catalizada por eventos como el asesinato de George Floyd, que ocurrió en mayo de 2020 en Minneapolis. Esto resonó mundialmente, estimulando una nueva ola de rechazo hacia la brutalidad policial. En respuesta, las voces que clamaban tanto por la reforma como por la abolición se fortalecieron, buscando reimaginar cómo las sociedades pueden realmente asegurar la justicia y el bienestar para todos.
A medida que la pandemia avanzaba, la disparidad en cómo las fuerzas policiales actuaban fue más evidente. Algunas comunidades vulnerables fueron más afectadas por controles exagerados o discriminación, lo cual levantó una crítica esencial: ¿realmente la policía está sirviendo a todos por igual? La protesta, intensificada por el movimiento Black Lives Matter, evidenció algo importante: para una parte significativa de la población, la policía representa una fuente de miedo en lugar de una protección.
Es crucial hablar sobre la función dual percibida de la policía. Por un lado, está la visión de las fuerzas del orden como protectores; sin embargo, por otro lado, se encuentra el argumento de que su existencia perpetúa sistemas de opresión y racismo institucional. En 2020, los llamados a "defund the police" ganaron terreno, en busca de redirigir fondos a servicios sociales para abordar las causas raíces de muchas problemáticas que erróneamente intentan manejarse con control policial.
No todos comparten esta visión reformista. Existen argumentos válidos asegurando que un cuerpo policial es esencial para mantener el orden público y la seguridad. La preocupación de muchos ciudadanos es que, sin una estructura que regule la ley, no habría contención de la criminalidad. Es un balance complicado entre asegurar una sociedad segura y justa.
Además, hay que considerar el fuerte vínculo cultural y el respeto hacia la policía en muchas sociedades. Para algunos, las historias personales de agentes que superan el deber y protegen comunidades son la imagen que predomina, y no los excesos de brutalidad policial. Los medios y la política también juegan un papel crucial en construir estas narrativas.
El futuro de la policía, desde 2020 en adelante, requiere enfoques innovadores. Algunos lugares han implementado cambios: reforzamiento de las políticas de rendición de cuentas, adopción de nuevas tecnologías y estrategias que enfaticen la mediación y la prevención sobre la confrontación. La cooperación con profesionales de salud mental, servicios sociales y educación son estrategias que han comenzado a incorporarse.
La conversación sobre la policía no es simple. Es un tema que toca emocionalmente porque involucra seguridad, derechos humanos y visiones marcadamente diferentes sobre justicia. Gen Z, como futura generación de líderes y ciudadanos activos, tiene un papel crítico en modelar cómo esta institución puede y debe transformarse. Debemos fomentar un diálogo abierto y honesto que vaya más allá de la polarización política y que verdaderamente considere las necesidades de las comunidades diversas a las que sirve.