Nunca pensaste que tus ahorros para la jubilación podrían estar construyendo puentes, ¿verdad? Pero es una realidad: los fondos de pensiones están invirtiendo cada vez más en infraestructura. En Latinoamérica, durante los últimos años, hemos visto cómo los gestores de estos fondos, preocupados por los bajos retornos de las inversiones tradicionales, han buscado alternativas más rentables y seguras. Y es aquí donde entra la infraestructura.
A primera vista, puede parecer una excelente idea. Invertir en carreteras, aeropuertos o sistemas de energía no solo genera empleos y mejora nuestras ciudades, sino que también ofrece lo que muchos consideran ingresos estables y de largo plazo, claves para los fondos de pensiones. Sin embargo, ¿qué sucede cuando estas inversiones encuentran oposición o se enfrentan a riesgos?
Los críticos destacan que las inversiones en infraestructura pueden ser altamente volátiles y estar sujetas a riesgos políticos. Hay casos donde proyectos importantes enfrentaron demoras interminables debido a trámites burocráticos o un rechazo social inesperado. Para algunos, vincular nuestros ahorros a proyectos que pueden caer bajo el peso de la corrupción o que enfrentan variaciones políticas podría parecer arriesgado.
Aun con estas preocupaciones, el atractivo es innegable. Cuando se gestionan correctamente, las inversiones en infraestructura han roto la burbuja del rendimiento predecible de los activos tradicionales. En países donde la infraestructura es deficiente, una inversión oportuna en el sector no solo puede prometer altos retornos sino transformar toda una economía. Por ejemplo, en 2022, México vio cómo una significativa inversión privada en fibra óptica impulsada por fondos de pensiones aceleró la expansión del internet de alta velocidad, un factor vital hoy en día para la educación y el negocio digital.
Desde un enfoque liberal, podríamos aplaudir tales inversiones como una excelente forma de mitigar desigualdades. Imagina comunidades rurales conectadas con el resto del país mediante infraestructura de primera, generando oportunidades educativas y de empleo en nuevas empresas tecnológicas locales. Estos milagros son posibles y ya se están materializando en diversas regiones del mundo.
Claro que, los defensores de lo contrario argumentan que la evasión en la financiación pública a favor de proyectos privados puede aumentar el costo del acceso para los ciudadanos. No siempre tenemos claro qué procesos se priorizan cuando los beneficios buscan maximizarse, tal vez el impacto social pase a segundo plano. Además, el retorno esperado para los inversores podría encarecer los servicios básicos, como lo es el caso de las autopistas con peaje, haciendo más difícil su acceso para todos.
Para el futuro, el diálogo entre las necesidades sociales y las ambiciones de inversión debe ser claro. Los jóvenes de la Generación Z, que poseen una conciencia crítica del entorno, entienden la urgencia de las decisiones centradas en la sostenibilidad y el impacto social frente al beneficio puramente económico. Este enfoque requiere pensar en una regulación más proactiva que equilibre estos intereses en competencia.
El camino hacia el futuro está pavimentado con intenciones ambiciosas, pero no debemos olvidar que se trata de nuestro sustento último. Al elegir entre la seguridad de nuestras pensiones y el impulso progresivo de nuestras ciudades, buscamos equilibrio. Aprendemos de los proyectos pasados, de sus éxitos y fracasos. Dialogamos sobre cómo las infraestructuras pueden mejorar nuestras vidas cotidianas y hacemos parte del cambio.
Cuestionar las inversiones en infraestructura con un ojo en el bienestar social y una mente abierta al progreso podría ser justo lo que necesitamos para delinear un mundo que no solo prometa puentes literales, sino también figurativos, hacia un futuro prometedor.